Una trucha de 4 kilos en la Patagonia

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Estancia Moy Aike Chico, Santa Cruz, 1993

El 31de diciembre de 1993 partimos de Buenos Aires con los cuatro chicos para un viaje de más de 10.000 km, que nos llevaría a Ushuaia y luego regresamos por la cordillera a través de la Ruta 40, hasta Los Antiguos y de allí cruzamos a Chile Chico y por la carretera austral hasta Chaitén, un ferry a Quellón en Chiloé, luego de Ancud a Puerto Montt siguiendo hacia Santiago por el bello sur de chile para terminar en Reñaca con unas vacaciones de mar, regresando a Buenos Aires por Mendoza. Un viaje plagado de anécdotas.

Sin embargo quiero contar en esta nota sólo la experiencia de la visita a la Estancia Moy Aike Chico de Enrique Jamieson, donde en una circunstancia inesperada se pescó una trucha de 4 kilos.

Cuando con mi equipo de la Secretaría de Agricultura creamos y desarrollamos los proyectos de Carne Ovina Patagónica y Prolana (que aún hoy, luego de más de 25 años siguen vigentes), tuve mucha interacción con los productores de la Patagonia. Para darle impulso a ambas iniciativas, todos los meses tenía que viajar al sur para mantener distintas reuniones. Incluso me reuní algunas veces con Nestor Kirchner, recién llegado gobernador de Santa Cruz (diciembre 1991) y también con Julio De Vido su ministro de economía, pero eso no tiene nada que ver con lo que pretendo contar aquí.

Volviendo al viaje, el primer día hicimos casi 1.700 km desde Buenos Aires hasta Comodoro Rivadavia y cuando llegamos teníamos que festejar el fin de año y estaban todos los restaurantes o cerrados o todas las mesas reservadas. Por suerte al fin conseguimos cenar en un hotel, así que iniciamos el año 1993 lejos de casa, cansados pero muy contentos con el viaje estábamos comenzando.

La etapa siguiente nos llevaría a la Estancia Moy Aike Chico, de Enrique Jamieson, ubicada a 80 km al norte de Río Gallegos. Los Jamieson son de origen escocés, el abuelo de Enrique fundó la estancia y me resultó admirable la epopeya de aquellos inmigrantes. Nos contó que el abuelo, luego de conducir un arreo de dos años, pasó el primer invierno en una carpa, esperando que lleguen las mejores condiciones de la primavera para construirse una casa. Cuando algunos critican a los estancieros de la Patagonia, seguramente por su ignorancia o cegados por cuestiones ideológicas, no conocen la patriada que hizo aquella gente y el servicio que brindaron al país.

A Enrique y a su hijo los frecuenté con motivo del proyecto de Carne Ovina Patagónica ya que eran de los productores más entusiastas a tal punto que invirtieron para habilitar el frigorífico Faimali que estaba cerrado desde hacía años para faenar los animales de las estancias locales, evitando la puja permanente entre empresarios de la carne y ganaderos.

La estancia está ubicada al oeste de la Ruta Nacional 3 y no nos resultó difícil encontrar en camino de acceso  y luego de la cálida recepción que nos brindaron, fuimos al jardín donde nos esperaba un cordero asado, sin embargo lo que más me llamó la atención fueron las flores.

El jardín de rocas realza la belleza de los macizos de flores

Mientras lo recorríamos nos explicaron que el campo está cerrado durante todo el invierno, porque la rigurosidad del clima hace imposible desarrollar cualquier tipo de actividad. Quedan en el campo sólo los puesteros que cuidan, como pueden, de las ovejas, único animal que subsiste con esas condiciones de pasto y clima.

Luego en la primavera todo cambia y antes de fin de año toda la familia se instala en el campo, aprovechando para hacer todas las faenas rurales.

Vuelvo al tema del excepcional jardín. Como se puede apreciar en las fotografías (escaneadas sobre viejos originales en papel), había hermosos macizos de flores y plantas de follaje multicolor, cuidadosamente seleccionadas para que en el breve ciclo estival de la región, puedan desarrollarse y dar esa cantidad de flores multicolores. El jardín de rocas, de un excelente diseño paisajístico realza aún más la belleza de las flores.

Lo que no se puede apreciar en las fotos es el césped, más allá de uniformidad y color verde intenso. El espesor del césped hace que al caminar se siente mullido como pocas veces he visto.

La mayor sensación que recuerdo es sentir vergüenza por el jardín de mi casa en Buenos Aires, que a pesar de las buenas condiciones climáticas en comparación con las de la Patagonia, siempre lucía desparejo, con manchones y partes sin césped.

Cuando volví tomé la decisión de cambiar el césped y poner riego, porque dije para mis adentros, no puede ser que en la Patagonia tengan esa belleza y aquí en Buenos Aires tengo una especie de potrero.

Nos hospedamos en una de las casas de la estancia recientemente construida en madera con todas las comodidades y detalles de diseño y buen gusto, importada de Chile siguiendo el estilo y la tecnología de EEUU y hecha en menos de dos meses.

A media tarde nos llevó a pescar con mosca, una de sus pasiones. Tomó varias cañas y nos dio una a cada uno: Agustín, Patricio, Anita y yo, todos neófitos en materia de pesca de truchas, pero aprovechamos para recorrer el campo  mientras llegamos a un arroyo.

Nos bajamos de la camioneta y Enrique nos dice: “en este pozón hay una trucha enorme que hace años quiero pescar”. Nos explica brevemente como se pesca con mosca y hacemos el intento.

Al minuto Agustín dice: “a esta caña le pasa algo” Súbitamente la cara a Enrique cambia. Inmediatamente se dio cuenta que había picado la gran trucha que desde hacía años perseguía.

Obviamente tomó la caña y luego de un largo rato de pelear con el pez, la pudo sacar del agua.

Enrique Jamieson peleando con la trucha

Fue un gran festejo, pero me pareció, que sin decirlo, por la educación que lo caracteriza, tenía una pequeña decepción porque le había picado la trucha a Agustín en lugar de a él.

Sin embargo el mayor mérito fue suyo al poder sacarla del agua.

Cuando llegamos a la estancia fue una conmoción, todo el mundo estaba asombrado de que se había pescado la trucha famosa. Primero se pesó y luego hicimos una multitud de fotos para registrar ese momento.

Muchas veces pensé porqué la trucha le había picado a Agustín que no tenía ninguna experiencia. No creo que haya sido casualidad. Mi teoría es que posiblemente el pez estaba acostumbrado al movimiento de los pescadores con mosca y tal vez por alguna experiencia previa, sabía lo que significaba. En cambio Agustín al no saber nada hizo movimientos muy diferentes que confiaron al pez. Nunca lo he hablado con amigos pescadores, pero podría ser una explicación.

Obviamente esa noche cenamos la mitad de la trucha porque Enrique reservó el resto para compartirla con sus hijos que no estaban presentes ese día.

A la mañana siguiente partimos nuevamente, hacia Río Gallegos para proseguir hacia Ushuaia y continuar el resto del viaje.

Además de la anécdota de la trucha, la enseñanza que me dejó la visita a Moy Aike fue como se forja la grandeza de la Argentina. La hacen las personas que realizan esfuerzos cotidianos, no sólo personales sino que involucran a sus familias, al personal que trabaja en las duras condiciones del campo y también arriesgan su capital en un país con permanente incertidumbre. Enrique Jamieson es uno de ellos, por lo cual merece mi máximo respeto.

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