Islas Malvinas

En el Star Princess, 2009.

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Nunca he sido muy nacionalista, aunque quiero a mi país y tampoco soy de los que se lamentan por haber nacido aquí por todos los defectos que tenemos como sociedad. Al igual que para cualquier argentino las Islas Malvinas son algo especial.

Su silueta irregular en el medio del Océano Atlántico, su historia que conocemos desde los primeros años de nuestra infancia con la toma por la fuerza por los ingleses que desalojaron al gobernador Vernet en los primeros años de nuestra vida como república, hacen que nos resulte un lugar mítico, cercano y lejano al mismo tiempo.

Cuando surgió la posibilidad de hacer un crucero para visitar la Antártida y las Malvinas, la idea me atrajo inmediatamente. Nunca había hecho un crucero y era de los que, muy equivocado, decía “ese tipo de vacaciones no son para mí”, pero como no hay otra forma de llegar a la Antártida nos embarcamos en el puerto de Buenos Aires en el fabuloso Princess Star.

Nuestra primera escala fue en Montevideo, donde nos encontrarnos con nuestros amigos uruguayos Enrique y Clarita que nos llevaron a pasear todo el día, comenzando por tomar “el medio y medio” en el mercado del puerto, la visita a esta ciudad tan hermosa y el relato al lado de restos del Graf Spee del recuerdo de mi amigo del día en que siendo un niño pequeño fue con su abuelo a ver la partida y la posterior explosión del crucero alemán.

Luego de Montevideo tuvimos dos días de travesía en un mar relativamente calmo, hasta llegar al amanecer a la bahía sobre la que está asentado Puerto Argentino. Un sol espléndido y una temperatura agradable nos dieron la bienvenida. El director del crucero después nos confesó que había hecho varios viajes por temporada durante unos cuantos años y nunca le había tocado un día con un tiempo tan bueno. Fuimos afortunados!!!

La primera impresión, desde el barco era como estar viendo una pequeña ciudad de pescadores de Escocia, con la que tiene muchas similitudes, o de Noruega. Debido a nuestra falta de  experiencia en cruceros, no analizamos con suficiente anticipación las excursiones programadas y cuando quisimos acordarnos, casi no quedaba ninguna disponible a excepción de la visita a una pingüinera. Unos cuantos argentinos habían organizado por su cuenta una visita al cementerio de Darwin, que me hubiera encantado conocer, pero ya no tenían ningún lugar disponible, lo que aún sigo lamentando.

Como la excursión era al medio día, desembarqué apenas pude hacerlo, muy temprano, utilizando los tender que son las mismas lanchas del buque, dado que Malvinas carece de puerto civil de pasajeros o carga para esta dimensión de barcos. Luego de llegar al muelle y ver el cartel de “Welcome to the Falklands Islands”, que produce cierto escozor,  crucé por las instalaciones, bastante sencillas de la propietaria principal de las islas, la famosa empresa “Falkland Islands Company Ltd”, e hice una recorrida rápida visitando las calles aledañas al centro, quedando un poco sorprendido del orden, las flores la pulcritud de las casas sencillas en este lugar tan alejado del resto del mundo y hasta un tacho de basura pintado de impecable azul con el escudo de las islas: ovejas y un navío de vela. En esta rápida recorrida pude ver cerca del cementerio de la ciudad el “Memorial Wood” un bosque que se ha realizado plantando un árbol en memoria de cada uno de los soldados ingleses que perdieron la vida en la Guerra de Malvinas. También pasé por una casa particular que en el exterior tenía un pequeño vehículo militar armado con un cañón y finalmente regresé al barco a tiempo para tomar la excursión.

Las imágenes de la visita matinal

La excursión comenzó en una embarcación con la cual llegamos a una playa con un pequeño y rudimentario muelle adonde nos esperaban unos Land Rover, conducidos por mujeres que hacían de guía. Esto me hizo pensar en cómo el pequeño turismo que tienen las islas ayudan a su economía, dado que estas señoras, seguramente amas de casa durante todo el año, tienen un ingreso adicional con estas actividades.

El comienzo de la excursión

Había estado antes en pingüineras, la que más recuerdo es la de Punta Tombo que en ese momento tenía algo menos de medio millón de pingüinos, en cambio la que visitamos en Malvinas, sin ser pequeña, sólo tendría algunos miles de estos animales a los que nos podíamos acercar hasta casi tocarlos. Un cartel en el fondo advertía que no se podía traspasar ese lugar, dado que el terreno estaba posiblemente minado. A pesar de lo bucólico del paisaje, los recuerdos de la guerra están aún presentes, como unos vehículos destruidos, consecuencia de las armas y el paso del tiempo que vimos durante nuestra recorrida.

El paisaje era similar al de nuestra Patagonia, pastos secos, coirones, algunos ojos de agua y turberas. Las ovejas, no demasiado numerosas se apartaban al paso de nuestros vehículos.

Cuando terminamos la excursión fuimos a visitar con más detenimiento Puerto Argentino. La calle principal trascurre paralela a la costa, pero un poco más adentro para evitar los vientos del mar. Allí está la casa del gobernador, con un excelente jardín cubierto de flores, la iglesia anglicana, sencilla como todos los templos protestantes. la católica, la policía, el banco, un hotel y los principales edificios. También vimos el “Thatcher drive” de malos recuerdos para los argentinos, con unos jóvenes que venían de jugar al futbol.

El centro de la ciudad

La casa del gobernador y su hermoso jardín, a pesar de las inclemencias del clima

Luego fuimos a visitar el pequeño museo conmemorativo de la guerra, donde nos emocionamos al ver las cartas que recibían soldados argentinos, una representación de una trinchera que incluía unas latas de albóndigas en salsa Swiff, muchas armas, fotos, mapas y una copia del acta de rendición firmada por el general Menéndez. Salimos con una sensación de amargura, que nos hizo recordar los tristes días de Buenos Aires del otoño de 1982.

El museo conmemorativo de la Guerra de Malvinas

Volviendo hacia el puerto pasamos por una de las muy pocas tiendas para comprar un pequeño recuerdo de nuestra estadía en las islas y para tener alguna moneda local y a pesar de que el tiempo se estaba acabando, igualmente aprovechamos los últimos minutos en la isla para tomar una cerveza en la Globe Tavern cercana al puerto. Allí nos preguntaron de dónde éramos y no notamos ningún grado de rechazo o sorpresa cuando le dijimos que éramos argentinos, al contrario siguieron con el trato amigable que nos dispensaron desde que llegamos, lo que reafirmó mi idea que los ingleses son extremadamente educados.

Al final del día, el barco zarpó y divisamos en un plano más general la geografía de la isla y un pequeño faro, que disminuía su tamaño hasta desaparecer. Uno de mis sueños de viajero, de visitar las Malvinas, se había cumplido!!

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