El paso fronterizo de Irkeshtam

De Kirguistan a China a través de la carretera del Pamir, 2015DSCN9576

Esta nota les contaré sobre las dificultades que debe afrontar un turista de atravesar esta frontera.

Siempre llegar a China, al igual que a otros países, como los de la ex URRS, genera un cierto sobresalto, especialmente si se trata de fronteras terrestres y en pasos fronterizos alejados. En esta oportunidad fue un poco peor, porque a pesar de no mediar ningún inconveniente pasar por la frontera me llevó casi 9 horas.

Mi etapa final de la Ruta de la Seda era en territorio chino, enterando por Kashgar y llegando hasta Xian, ciudad que se toma como punto de partida de la Ruta, aunque imaginando como serían aquellos mercaderes y los productos que transportaban, supongo que no puede haber un punto fijo de inicio, sino que cada uno de ellos vendría de distintas regiones de China y confluían en Xian, y tal vez en otras ciudades de la Ruta, para dar inicio a esta travesía.

Voy a comenzar a describir el viaje desde Osh, que es una ciudad mediana de Kirguistán con pocas cosas para ver, principalmente la Montaña de Salomon y el Bazar (Mercado) que está en el mismo lugar que en la época de la Ruta de la Seda. Al día siguiente continué viaje a través de la Pamir Highway, una ruta famosa en Asia Central.

La carretera del Pamir es sinónimo de aventura, une Kirguistán con Tajikistán y es la segunda ruta más alta del mundo, atraviesa el macizo del mismo nombre con cumbres de más de 6.000 metros de altitud. Marco Polo pasó por aquí e hizo una descripción aún vigente sobre la carencia absoluta de vegetación y animales, por lo cual los viajeros tenían que asegurarse las provisiones antes de emprender el camino. Los paisajes son hermosos, tanto por sus montañas nevadas como por los lagos al pie de las mismas.

El inicio de la Pamir Highway

El recorrido lo hice en un sedan mediano. A la salida de Osh las montañas estaban cubiertas por vegetación, así que se veían muy verdes. En el camino nos detuvimos en la casa de la familia de mi guía, ya que ella me quería mostrar a su hijita de unos 3 años y de paso verla, ya que por trabajar en Osh, no lo hacía con mucha frecuencia. Me presentó a sus padres que trabajaban la tierra y cuidaban animales y me mostró orgullosa su casa, que gracias a sus ingresos provenientes del turismo estaba mucho mejor que las otras viviendas de la aldea.

Posteriormente continuamos hacia el paso de Taldyk que está a 3615 m de altura y luego se desciende a la villa de Sary-Tash, que era nuestro destino, una pequeña localidad que se encuentra en un cruce de caminos adonde confluye el tráfico proveniente no sólo de China sino también de Pakistán y Afganistán en dirección hacia el oeste, tal como ocurría hace 2.000 años en la antigua Ruta de la Seda.

Pamir Highway y el paso de Taldyk

Sary Trash es un lugar especial también porque, según las guías de turismo, más recientemente era un lugar importante en el tráfico de opio y heroína, lo que le ha dado prosperidad a la aldea y también una fama de lugar peligroso, que yo no percibí en ningún momento.

Nos alojamos en una casa de familia, bastante buena para el estándar local, nos repartieron en habitaciones, tal vez la que era mejor para mí, otra para la guía y la última para el chofer. Se dormía en el suelo y la casa no tenía baño interno, porque allí no se acostumbra, sino que había que salir en la helada noche a una letrina exterior, para lo cual dejaban un pequeño farol de kerosene en la escalera de entrada.

Mi dormitorio en Sary Trash y poblador local. En el fondo la cordillera del Pamir

El paisaje era maravilloso porque estaba justo enfrente de la cordillera del Pamir y del pico Lenín que tiene 7.134 metros de altura, es decir mayor que nuestro Aconcagua. Mi amiga María Elena, que es una montañista aventurera, me había pedido que si pasaba cerca de esta montaña no dejara de sacarle fotos, porque desde su juventud soñaba con conocer este macizo. Afortunadamente al atardecer pude sacar unas fotos magníficas de esta cadena montañosa.

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En Sary Trash como teníamos bastante tiempo libre hasta el día siguiente, la guía me llevó caminando por el borde de la ruta a una especie de almacén o bar, sumamente prolijo donde tomamos un té y jugamos con los hijos de los dueños. En el camino nos encontramos con unos chicos que salían de la escuela que con mucho gusto se sacaron fotos con nosotros, ya que a pesar de ser un lugar de tránsito, los turistas no son muy frecuentes por allí. Luego regresamos a nuestra casa para cenar una comida regional, una especie de guiso,  basado en carne de cordero, arroz, papas y otras verduras.

La familia del bar, los chicos que regresaban de la escuela y la cordillera de Pamir

A la mañana siguiente, partimos temprano hacia el paso fronterizo entre Kirguistán y China, denominado Irkeshtam, adonde estuvimos a las 8, hora en que abre la aduana. El trámite nos llevó pocos minutos, porque la guía me indicó como hacerlo. Sin embargo allí empezó esta aventura, ya que para llegar al puesto fronterizo hay que atravesar 8 km de una zona neutral, adonde no se puede circular con vehículos, por lo cual la guía y el chofer se despidieron y regresaron a Osh.

Yo había leído que la única forma de cruzar era viajando en los camiones que transportan mercaderías a través de esa frontera, lo que me generaba cierta inquietud, pero resultó muy sencillo porque el guardia de Kirguistán detuvo a un semirremolque, abrió la puerta y me indicó que subiera.

El camión chino en el que atravesé la frontera y su condunctor

Era un conductor chino que llevaba productos de la industria china hacia el oeste y de regreso materias primas hacia China. Fue muy amable pero la barrera idiomática me impidió saber un poco más de su vida, de que ciudad era y que era lo que transportaba específicamente, así que sólo nos sonreíamos. Al final de trayecto le quise dar una propina que no aceptó de ninguna manera. Para mí fue una experiencia interesante subir a semejante camión.

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La llegada a la aduana China

Al llegar a la frontera China, me indicó que debía bajar y allí un guardia chino, ya menos amable que los de Kirguistán me hizo pasar a una casucha bastante precaria adonde funcionaba la aduana. Un oficial de impecable uniforme me pidió el pasaporte, analizó la visa china y me preguntó adónde iba y de dónde venía, todo esto con un inglés más que elemental que hacía necesario entenderse también por señas.

Me hizo sentar y comenzó una larga espera de varias horas. Yo ya estaba un poco inquieto, a pesar de que había leído las dificultades de este paso terrestre. En teoría debería haber un auto que me viniera a buscar para llevarme a Kashgar, tal como había contratado en la agencia, pero pasaban las horas y el auto no aparecía. Tampoco me podía mover mas allá de unos pocos metros de la casucha, ni acercarme a un alambrado con un portón por el cual circulaban los camiones, para asomarme para ver si estaba mi automóvil.

Mi pasaporte argentino fue tema de conversación, como siempre en torno al fútbol, por supuesto sólo podían mencionar los nombres de Maradona, Messi y algún otro jugador que ellos conocían a través de la televisión.

La relación entre el fútbol y el pasaporte argentino  es algo que funciona muy bien, y aún con los guardias más severos, en los países más remotos o incluso peligrosos, es una carta de presentación perfecta, como nos pasaba en Yemen donde en los retenes fuertemente armados siempre le mencionábamos a Messi, junto la entrega del pasaporte. Una especie de salvoconducto.

Según entendía, el oficial estaba pidiendo autorización a otro lugar, para que yo pudiera salir en dirección al siguiente puesto fronterizo, pero el tiempo pasaba y yo no me podía mover de allí. Aquí ocurre algo poco frecuente ya que hay dos puestos fronterizos de China, separados a 150 km uno del otro. En ambos se realizan controles severos a los viajeros.

Mientras, fueron apareciendo otros viajeros, pero ninguno era turista sino sólo gente de Kirguistán que llevaba en bolsas y cajas  con alimentos para vender en China, o al menos eso me pareció.

Luego pude entender que tenía que hacer en auto unos 150 km para llegar a otro puesto fronterizo. Apareció un taxista que me ofreció sus servicios por un precio bastante alto y ante mi desconfianza aseguró que estaba autorizado por el gobierno chino para hacer este tipo de viajes.

También traté de comunicarme como pude con los otros viajeros, e incluso nos arreglamos para entender que podríamos compartir el taxi. Como no había noticias de mi auto, hacia  el fin de la mañana decidimos tomar el taxi, en el cual nos apretujamos 4 viajeros, el chofer y los bártulos de mis compañeros de viaje. Los funcionarios chinos le dieron nuestros pasaportes al taxista y no a nosotros, a pesar de que se lo pedí, pero así es la norma. En el camino tuvimos un retén que analizó nuevamente nuestros documentos y se los devolvió al taxista. Luego de un viaje de un par de horas, llegamos a una playa de estacionamiento con numerosos camiones y un edificio abandonado. Allí tuvimos que esperar más de una hora, porque la aduana china se cierra al medio día para descansar.

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El taxi en el cual hicimos los 150 km entre ambos puestos fronterizos chinos

Cuando se hicieron las tres de la tarde nos dejaron seguir y llegamos a la aduana de Ulugqata que está en un edificio muy grande y muy moderno. También aquí seguíamos con una falta de comunicación casi total, porque la mayor parte de los funcionarios no hablaba ingles sino sólo chino y ruso, hubo un poco de desinformación al respecto, pero al fin pude conseguir que me atendieran y me hicieran pasar al sector de revisión del equipaje.

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Camiones esperando, al igual que nosotros, que se abriera la aduana de Ulugqata

En el medio había señoras con chicos a las cuales los guardias les indicaban que no tenían permiso para entrar y que tenían que volverse, lo que daba lugar a súplicas de todo tipo, que conociendo el apego de los chinos por los reglamentos, a mí me parecían que debían ser absolutamente inútiles.

Luego del primer control de pasaportes, me chequearon el equipaje, primero con los rayos X como en cualquier aeropuerto y luego pasé a otro sector adonde revisaron nuevamente el pasaporte y la visa con una computadora y me hicieron abrir la valija y sacar absolutamente todas las cosas, que eran analizadas una a una con todo detenimiento. Me pareció entender que se interesaban particularmente las publicaciones, libros o revistas y los medicamentos. Me daba tranquilidad que todos los pasajeros eran sometidos a los mismos controles.

Luego, una vez que estuvieron seguros que no transportaba ningún elemento prohibido, ni que fuera peligroso para China, me pusieron el sello en el pasaporte, lo que me dio mucho alivio, pero cuando traté de seguir hacia la salida, me indicaron que no podía, sino que tenía que pasar por otra oficina, que era bastante espaciosa y muy bien puesta. Allí otro oficial tomó mi pasaporte y lo empezó a analizar con una enorme lupa que tenía una luz rosada lateral, lo que le llevó varios minutos. Cuando se convenció acerca de la legitimidad de mi documento, me señaló que podía ingresar y salí por la puerta hacia una playa de estacionamiento, procurando encontrar un taxi que me llevara a Kashgar.

Mi sorpresa fue que allí me estaba esperando el auto que había contratado, con un guía y chofer. Obviamente me quejé que no me habían ido a buscar a la primera frontera y trató de explicarme que se habían retrasado y cuando  llegaron, yo ya había partido con el taxi compartido.

Miré el reloj y eran casi las cinco de la tarde. Cruzar la frontera me había llevado casi nueve horas, a pesar de que no hubo ningún inconveniente ni con los guardias fronterizos, ni con los agentes aduaneros.

Creo que esto ha sido suficiente para mi, en materia de fronteras terrestres, porque atravesarlas en estos lugares, sin una excursión organizada, que seguramente tiene mecanismos aceitados, es bastante trabajoso y tal vez existe un cierto riesgo de encontrarse con un funcionario que haciendo uso de sus facultades decida que uno no puede entrar, lo que sería un problema gravísimo. Espero que no me ocurra nunca!!

 

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