Lucca, 1984

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Lucca, la mura y El Guercio

Mis recuerdos están indisolublemente ligados a Lucca, esa hermosa ciudad de la Toscana, descubierta por el turismo hace relativamente pocos años, ocultada desde siempre a la sombra de Florencia, Pisa y en menor medida de hermosas ciudades o pueblos como Siena, San Geminiano y otras que abundan en cada curva de los caminos de esta región de Italia.

Pero no es el turismo lo que me atrae de Lucca, sino la historia de ella conmigo. Mi primera noche en Europa la pase allí!!! y no puedo olvidar mi asombro y sorpresa cuando el taxi desde la estación del Ferrocarril atravesaba sus calles cubiertas con piedras planas y edificios de arquitectura desconocida para mí y al llegar me dejó en el  aquella época vetusto Hotel di Poggio, ahora coqueto Piccolo Albergo Puccini.

A la mañana siguiente cuando le dije al conserje: “este edificio es muy antiguo”, por no ser mas directo y decirle lo viejo que era el hotel, empezando por la cama desvencijada;  con mucho orgullo me contestó, “Si, fue la casa de un viejo noble de Lucca el conde di Poggio”. Cuando salí a la calle veo enfrente de mi dormitorio una placa que decía “Aquí nació Giacomo Puccini”, me parecía increíble que había pasado la noche en la casa natal del célebre compositor italiano.

Siempre pienso que si no hubiera vivido en Lucca yo sería muy diferente. Allí empezó para mí una nueva forma de valorar las cosas, a través de sopesar el beneficio de lo moderno y funcional, con las tradiciones y la historia. Eso me enseño mucho en la vida y me permitió adelantarme mucho a los tiempos actuales, donde ahora se valora no solo lo nuevo sino también se revaloriza lo antiguo, desde un simple adorno hasta una casa o un viejo árbol o una receta de cocina tradicional.

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San Cassiano

A Lucca me llevó una beca del gobierno italiano para hacer un curso de tres meses de duración de “Formación de formadores en comunicación para el desarrollo rural” , que se dictaba en el Centro Studi de Borgo a Mozzano, que ya no estaba más en esa localidad, sino en Mutigliano. Hoy el Centro lamentablemente ha desaparecido.

Mis compañeros latinoamericanos, eran otra realidad desconocida para mi en ese entonces, provenían desde Cuba hasta Bolivia y desde Paraguay a Panamá, con diferentes formas de pensar, de actuar de interesarse por las cosas, todo ello me interesó vivamente. Las discusiones vivaces con Eudel el compañero castrista y con el compañero sandinista, y también las prácticas de fútbol que jugábamos en cada intervalo de las clases están en mi recuerdo.

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Los recreos en el Centro Studi

No puedo dejar de mencionar los almuerzos en Il Guercio, trattoría simple pero con una comida que era y sigue siendo excelente. Está ubicado en una carretera próxima al Centro, y allí con los compañeros que teníamos más afinidad la pasábamos muy bien, comiendo abundante y bebiendo el buen vino delle collie luchese, pero además disfrutando con Franco su dueño, que mientras su esposa amasaba a mano las pastas para todo el restaurant, él servía, mientras se hacía el simpático con las chicas de nuestro grupo.

Debo valorar los amigos que me dejó Lucca, desde aquellos que ya no están, hasta los que sigo viendo periódicamente, como el matrimonio Borsacchi con los que mantenemos una amistad de más de 30 años y también a los que ya no veo, pero que igualmente siguen vívidos en mi corazón. A ellos les debo, entre muchas otras cosas, mi aprendizaje del italiano, idioma que hablo bastante bien a pesar de que nunca lo estudié, sino que gracias a esas relaciones me obligaron a practicarlo hasta hacerme entender muy bien.

Tengo siempre el recuerdo vívido del domingo caminando por la Mura, el encuentro con mis amigos italianos, que llenarían mi tiempo durante el curso y que me permitirían aprovechar la “experiencia europea” con toda intensidad y en todo sentido, lo que estoy seguro cambió mi vida para siempre. Los fines de semana intensos, en la montaña o recorriendo desde Siena, hasta Amalfi, viendo con ojos italianos las bellezas de este país. Este ha sido un aprendizaje invalorable para mi y también fruto de entretenimiento y de placer en ese momento.

La vida simple de la gente de Lucca también fue un atractivo para mí. Un compromiso con la política (obviamente de izquierda) y con lo natural. Recuerdo que íbamos los fines de semana a buscar castañas a los bosques de las colinas cercanas para después asarlas en el fuego de la chimenea (il camino, en italiano) en un sano entretenimiento y diversión. Hay que aclarar que los castaños no son originarios de la zona, pero todos los bosques están cubiertos por árboles pluricentenarios, que tienen sus orígenes en las plantaciones que hicieron los romanos para tener aprovisionamiento de alimento para sus tropas cuando pasaban por el lugar, ya que la castaña da una harina medianamente panificable.

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Cuando veo amigos o parientes, que son bastante indiferentes a la historia, a lo antiguo y a las tradiciones, me doy cuenta que en mi caso a partir de esta experiencia se transformaron en complemento esencial y pienso en lo afortunado que fui por la posibilidad de tener esta escuela y también en lo inteligente que fui en no desaprovecharla.

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A los pocos días de estar en Lucca fui por primera vez a Roma, donde me encontré con mis padres que estaban de paso por Italia y luego de estar solo un par de días, decidí volver a Lucca, porque me di cuenta que mi lugar en ese momento estaba allí.

Lucca es una ciudad que tiene todo para ser un atractivo turístico de primer nivel mundial, una Mura que la rodea, que por ser realizada tardíamente (en el 1600) conserva su estado original de ladrillos rojos, con los contornos redondeados de los baluartes, y las puertas antiguas originales de acceso a la ciudad y se encuentra coronada por centenarios plátanos y castaños.

El Anfiteatro y paisajes cercanos a Lucca en el 2002

Adentro de la mura toda la ciudad es del año 1500 para atrás. La llaman la ciudad de las 100 iglesias, a pesar de que no tiene mas de un centenar de manzanas si las midiéramos de una forma habitual para nosotros. A cada paso se encuentra una iglesia, algunas simples y austeras iglesias de barrio, pero igualmente antiguas; las capillas; las iglesias desacralizadas, transformadas hoy en centros culturales o cerradas, hasta las magnificas San Michelle (mi preferida) o la mas monumental de San Freddiano, todas ellas ejemplo claro del arte del renacimiento italiano, con la combinación de mármoles blancos, verdes y rojos; de planos, columnas talladas, arcos, estatuas y con mosaicos en los pisos de mármol, que hacen que cada metro cuadrado sea una obra de arte en si mismo.

Sin embargo lo más bonito de Lucca son sus calles y plazas como la Piazza San Michelle donde nace la comercial y muy animada via Fillungo, en la cual los jóvenes se reunían a charlar y como si hubiera una orden superior, a las 19 todos abandonaban rápidamente la ciudad para dejarla totalmente vacía. Sin embargo también tienen su atractivo las calles recónditas, el canal, los estrechos vínculos entre casas de época medieval o renacentista, donde nadie camina, que en 1984 estaban desvencijadas, vetustas y sucias y ahora son una vivienda top para los italianos de nuestros días que pueden darse el lujo de vivir en el centro histórico de la ciudad.

Otro lugar que me deja sin aliento cada vez que vuelvo a Lucca es el anfiteatro romano del siglo II, convertido en época medieval en viviendas, que mantiene su estructura particular, que lo ha convertido en una de las imágenes emblemáticas de los afiches de turismo de Lucca.

El edificio del Centro Studi, ya inexistente, pero que aún mantiene su placa, 2004

Mis regresos a Lucca, que los hago con bastante frecuencia, siempre me dejan un cierto dolor en el alma, porque me remiten a tiempos felices y también a algunos recuerdos tristes; por ejemplo en 1992 el día que murió mi papa en Buenos Aires, yo estaba, sin saberlo, recorriendo Lucca bajo un cielo gris y una lluvia persistente. A pesar de eso, vuelvo a Lucca cuando puedo, porque allí está parte de mi vida, con lo bueno y lo malo; lo alegre y lo triste; el pasado y el presente. Mi corazón aún está allí.

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