El cráter de Darvaza

Turkmenistan, 2015

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Organizar un viaje para recorrer los países de Asia Central a través de lo que fue la Ruta de la Seda no es fácil, por eso tuvimos que recurrir a una agencia de Uzbekistán que nos organizó la gira por varios países, incluyendo Turkmenistan. En esta nota nos referiremos al cráter de Darvaza, un lugar que aparece en muchas de las guías de viaje como uno de los destinos más singulares del globo.

Este cráter está en una zona llana, en el desierto de Karakorum que ocupa el 70 porciento del país. No es una formación natural ni tampoco antigua, ya que en 1971 cuando se hacían exploraciones petroleras el terreno cedió porque el campamento estaba asentado sobre una cueva que almacenaba gas. Ante las emanaciones los técnicos decidieron prenderlas fuego, pensando que en pocos días se extinguiría. Lo que no fue así, ya que el fuego continúa hoy desde hace más de 40 años y han sido infructuosos los esfuerzos por extinguirlo que se realizaron en varias oportunidades.

Llegar hasta allí no fue fácil, partimos con una 4×4 desde la pequeña ciudad de Dashogus atravesando este monótono desierto de vegetación xerófila, baja y achaparrada y al atardecer llegamos a Darwaza, que es sólo un punto en el mapa alejado de las rutas turísticas convencionales, desprovisto de riqueza productiva alguna, y donde no existe ninguna localidad.

La historia de porque no hay ninguna localidad, no deja de ser pintoresca, por supuesto que no para sus ex habitantes. En 2004 Niyazov presidente y hombre fuerte del país, en una visita de inspección a la carretera que se estaba construyendo juzgó que la villa de Darvaza, conformada por casuchas de pobre estructura, era demasiado paupérrima y decidió que no era digno de la belleza turística del cráter y de la importancia de la ruta en construcción y demostrando su poder absoluto, ordenó destruir totalmente la población y relocalizar a sus habitantes en otros lugares. En vano resultaron los pedidos de los habitantes y es así como Darvaza es el nombre de un pueblo hoy inexistente.

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El Karakorum

A última hora de la tarde llegamos en nuestro destino en las proximidades del cráter. Con la luz diurna se observa una depresión de unos 200 metros de diámetro y una profundidad de unos 30 metros, con fuego en su interior, nada muy particular. El lugar está rodeado de dunas de regular tamaño y no existen carteles indicadores desde la carretera principal, por lo cual de difícil llegar debido a la ausencia de gente y si uno no sabe ruso, a la imposibilidad de comunicación aún cuando se encontrara alguna persona.

Nuestro campamento

Estábamos solos y como no existe ninguna infraestructura turística armamos a unos 60 u 80, metros del cráter una pequeña carpa tipo iglú y mientras tanto el guía y el chofer comenzaron a cocinar una carne de cordero a las brasas fuimos al cráter donde se apreciaba el fuego y un calor envolvente, ya que en el interior del mismo la temperatura supera los 400 ºC. Luego cuando nos avisaron que estaba la comida regresamos a nuestro campamento, comimos el cordero que nos pareció delicioso.

A medida que oscurecía, el resplandor del fuego del cráter se hacía más visible y las siluetas de las llamas de su interior, que se veían desde el campamento, conformaban un  lugar muy particular.

Luego de cenar caminamos nuevamente hasta el borde el cráter y entonces sí el espectáculo era dantesco, el fuego brotando de la tierra, el calor proveniente del interior contrastaba con el frío del desierto, ya que como en todos los desiertos las amplitudes térmicas son muy grandes y a pesar del calor diurno, las noches son muy frías.

Nos quedamos bastante tiempo mirando este espectáculo que parecía ser parte de la Divina Comedia y que da la razón a los que nombran a este lugar como “las puertas del infierno” y verdaderamente es lo más parecido a lo que uno se imagina que puede ser el infierno, y supera a las representaciones clásicas del mismo. Cuando ya nos cansamos del espectáculo, volvimos al campamento para dormir.

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A la mañana siguiente nos despertamos, tomamos un café y salimos hacia la capital, no sin antes detenernos a unos cuantos kilómetros en una “chaikhana” especie de bar o restaurant, que a veces también sirve de parador, para disfrutar un desayuno típico.

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Desayuno en una típica Chaikhana

Luego visitamos la pequeña villa de Jerbent con tiendas que tienen una similitud  a las que usan los mongoles, vehículos soviéticos abandonados y algunos corrales con camellos completan el panorama del lugar. Unos habitantes que estaban reunidos se mostraron poco cordiales porque percibieron que les sacábamos fotos a la distancia, por lo cual decidimos enfilar para otro lado

En el regreso hacia Ashgabat una tormenta de arena nos hizo recordar que estábamos en el Karakorum, uno de los desiertos más duros del planeta.

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Nuestra tormenta de arena

 

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