Ceylan. Elefantes, templos y té

Sri Lanka, 2007

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Es la capital de las montañas y el té, la tierra protectora del diente de Buda, el corazón de los templos, la ciudad de los elefantes. Las definiciones se quedan cortas para describir a Kandy, uno de los puntos más llamativos de Sri Lanka y adonde llegué en agosto de 2007, después de un congreso laboral.

Acá los elefantes son los protagonistas.

Hay reservas y colonias abiertas donde se pueden visitar familias enteras de estos animales -como la Pinnewela Elephant Orphanage-, pero también caminan sueltos por las calles, son usados para transportarse y hasta temidos porque destrozan cultivos. Muchas comunidades de campo cuentan con una suerte de torre de caña de bambú, para nada estables, donde suben para vigilar que no haya elefantes que se alimenten o arruinen las tierras. Si la vigilia tiene acción, podría suceder que quien cuida los cultivos deba salir corriendo con antorchas y palos para ahuyentar a los paquidermos. A veces, aseguran los lugareños, hay víctimas fatales.

Pero sus trompas grises y las orejas gigantes también pueden lanzarlos al estrellato y volverlos protagonistas de la celebración: eso, al menos, es lo que sucede cada agosto. Kandy se viste de fiesta para agradecer y venerar al “diente de Buda” en una celebración conocida en todo el mundo que aquí llaman Esala Perahera. Para entender de qué se trata, primero hay que ir muchos años atrás: en 483 antes de Cristo, tras la muerte de Buda, sus discípulos levantaron de entre las cenizas cuatro dientes que fueron trasladados a diferentes lugares. Uno de ellos, después de pasar por varias ciudades y rincones sagrados, terminó escondido en esta ciudad. Cuentan que buscaban protegerlo en un espacio verde y entre montañas para evitar que alguien pudiera robarlo. El diente es símbolo de poder sobre el territorio y de abundancia, y hoy está en un templo que lleva su nombre: “El templo del diente de Buda”. Allí, lo muestran tres veces por día a los visitantes. La recorrida por ese espacio es infaltable, pero será tema de más adelante.

El Templo del Diente de Buda

Estoy en mi primera noche en Kandy y la celebración del diente de Buda me rodea.  Es uno de esos momentos en los que las casualidades permiten vivir experiencias únicas. En el medio del tumulto del festival Esala Perahera me bajo apurado de un taxi y me escabullo de la multitud como puedo. A pocos metros está el hotel Queens: había leído que desde sus balcones se tenía la mejor vista de la celebración y que, por eso, era casi imposible conseguir una habitación durante la semana del festejo. Un poco porque me emociono y otro poco porque no tengo otra opción muy cercana, entro a preguntar si puedo dormir allí. No tengo mucha expectativa. “Es esencial reservar alojamiento con al menos una semana de anticipación”, advertían las guías de viaje. Escuchar la afirmación en la recepción porque se había caído una reserva a último momento casi me hace saltar de la emoción. Sería, por esa única noche, espectador preferencial de uno de los más excéntricos festivales asiáticos. Me acomodo en el balcón y me dispongo a dejarme sorprender.

El Hotel Queens

Enseguida empezaron a moverse por la pasarela principal grandes grupos de bailarines y malabaristas al compás de ritmos locales. Todos avanzaban por la calle, convertida en escenario, con sus disfraces muy coloridos e iluminados. Hasta ahí podría haber sido una versión asiática del carnaval de Gualeguaychú, pero lo mejor estaba por llegar. A lo lejos, iluminados y bajo un manto de lentejuelas, se acercaba un grupo de elefantes. Como las familias, ellos también desfilaban y eran los más aplaudidos. En el medio, fuego y acrobacias. Eran centenares de elefantes de todos los tamaños acompañando a los artistas con trajes suntuosos, mantas y juegos de luces. Fue, sin dudas, una de las partes de mayor belleza y más interesantes del viaje. El desfile, que parecía de cofradías, duró toda la noche y cualquiera podía acercar una silla y contemplar el paso de las comparsas con los gigantes de trompa. Yo lo disfruté desde mi palco colonial en aquella habitación a la que llegué casi sin planearlo.

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El festival Esala Perahera

Sri Lanka, que se extiende a lo largo de 66 mil kilómetros cuadrados repartidos en islas, combina la alegría de sus festivales con dejos de nostalgia melancólica. Sus habitantes sufrieron: además de vivir casi treinta años en guerra entre etnias (terminó en 2009), en 2004 un tsunami destruyó una de sus costas. Casi 140 mil personas murieron, en total, entre ambos episodios. Sin embargo, sus rincones siguen llamando la atención de muchos viajeros.

Ser esrilanqués

La historia de Sri Lanka se refleja en el día a día de sus habitantes. Cuando llegué a Colombo, una de las ciudades más importantes del país, alquilé un auto. Para orientarme mejor compré un mapa. Me acerqué a pagarlo y el hombre que atendía en la librería me cobró el equivalente a 7 dólares en moneda local. “Lo que estás pagando por el mapa es lo que yo gano en toda la semana”, me dijo. Los esrilanqueses son interesantes: combinan sus experiencias con amabilidad y consejos constantes.

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Antes de subirme al que sería mi auto por unos días, el hombre que me lo alquilaba me sugirió que también contratara un chofer porque la ciudad tiene muchos cortes, rutas no muy claras y desvíos. A los conductores les dan alojamiento gratuito en los hoteles por ser acompañantes de viajeros, pero yo prefería ir solo. El primer día manejé por las calles céntricas, mapa en mano, sin problemas. Las dificultades llegaron después. Cuando al día siguiente quise llegar a templos y otros lugares típicos me fue imposible orientarme. Tuve que volver, como dice el tango, con la frente marchita a reconocer que necesitaba un chofer.

Los templos

Conocer Sri Lanka es conocer sus templos. El país tiene practicantes del budismo, hinduismo, musulmanes y un pequeño porcentaje de cristianos. En mi recorrida dediqué varios días a visitar los más alucinantes. Uno de los más importantes para quienes viven allí es el de Kandy, donde está el diente de Oro de Buda, una reliquia de 2.5 centímetros que genera amontonamientos y veneraciones diarias. Pero no fue el único. El Templo de Oro de Dambulla impacta ya desde su nombre. La recorrida es atípica, ya que son cuevas repletas de budas. Tiene, en total, 153 estatuas de Buda, tres de reyes srilanqueses y cuatro de dioses y diosas. Es, cuentan, uno de los mejor conservados del país.

Otro de los infaltables es Anuradhapura, una ciudad sagrada para los budistas que fue nombrada Patrimonio de la Humanidad en 1982. Su templo budista, llamado “estupa”, principal es imponente: es una semicúpula blanca de 55 metros de altura, rodeada de otras más pequeñas.

Decenas de templos importantes es otra de las razones para visitar Sri Lanka

Celebración del té

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Kandy, una de las ciudades más pintorescas de Sri Lanka, no es conocida sólo por su peculiar celebración nocturna del Esala Perahera, sino también por sus cultivos de té. El lugar, que emerge entre montañas, es ideal para cultivar algunos de los mejores tés del mundo a alturas de hasta 1200 metros. Además, tiene un museo en el que pueden verse los detalles del proceso que hace que las plantaciones se conviertan en los saquitos que después llegan a nuestras tazas. Allí aprendí cómo se guardaba históricamente el producto y hasta pude ver a pocos centímetros, dentro de una vitrina, el primer paquete de té del mundo, porque antes se vendía suelto.

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Los cientos de tonos de verde de Kandy alcanzan su mejor combinación en el Jardín Botánico local. Decir que es una maravilla no alcanza. Las orquídeas, el césped y las aves ofrecen una belleza única. Caminé, embelesado, unas tres horas.

El Jardín Botánico de Kandy

Pero los indicios del gran trabajo que hacen en Sri Lanka con el té llegaron antes de conocer Kandy, que es la capital de estos cultivos. Durante una de las recorridas atravesamos plantaciones que me transportaron a Corrientes y Misiones, las provincias argentinas donde se hace un trabajo similar. Allí pude sacar una de las fotos que más me gustaron de todo el viaje. De lejos, un verde opaco ocupa casi todo el fondo de la imagen y, en el medio, uniendo los vértices, se ven líneas rectas que cortan la geometría rectangular. Esas rectas en realidad están formadas por personas que, a lo lejos, pierden prácticamente su forma y se confunden con pequeños puntos en la cosecha del té. Si uno acerca la mirada, cuando las pupilas se abren se descifran trabajadores con canastos en la cabeza. Me gustó tanto esa foto a pesar de su pobre definición, que la expuse en varias muestras. Quise compartir su geometría especial con otras personas.

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Epílogo: la cerveza más fea del mundo

Si algo aprendí es qué no beber en Sri Lanka: las cervezas. Como es un país musulmán, no es común que vendan cerveza con alcohol. En su lugar, existe una variedad con jengibre -ginger beer- y otra con raíces -roots beer-. 

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El amargor de las raíces lo acompañé con platos picantes, con muchos vegetales y arroz, poca carne y condimentados al extremo, pero a pesar que me dio más curiosidad, resultó tan amarga que no la pude terminar de tomar.

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