Aconcagua, 2006

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Toda la vida, desde que lo visité por primera vez a los 13 años, tuve fascinación por el Aconcagua. Siempre fue algo especial, mezcla de admiración, desafío y temor.

La obligada visita que he realizado muchas veces al cementerio de los andinistas que perdieron la vida en esa utopía que es alcanzar la cima, generaba más motivación aún como su carácter de empresa fantástica. Siempre pensaba en esos nombres, seguramente de jóvenes de múltiples nacionalidades, que habían tenido una ilusión que les costó la vida y su futuro.

Los comentarios sobre los que decían que con buen tiempo cualquiera llega caminando a la cumbre por Plaza de Mulas e imaginar cómo sería ese mundillo de la alta montaña, me llevaron a analizar la posibilidad, no de buscar la cumbre (soy un poco inconsciente, pero no tanto) sino de hacer un trekking para llegar a los refugios que sirven de base para los andinistas que hacen la cumbre.

Esta nota será breve, porque ha sido uno de los pocos viajes, tal vez el único por hora, que

no lo terminé bien, en el sentido de la sensación de derrota y de la vulnerabilidad que tenemos ante la montaña

Con mucho entusiasmo, pero sin la preparación adecuada encaré esta caminata que, según estaba programado, partiendo de Penitentes, me llevaría primero al campamento de Confluencia y al otro día a Plaza Francia, bajando de nuevo a Confluencia y al día siguiente a Plaza de Mulas, donde haríamos noche.

En Penitentes, habíamos contratado el hotel del mismo nombre, bautizado eufemísticamente como de alta montaña y catalogado con cuatro estrellas, cuando en la práctica es una posada cualunque que no podría tener más de 2 estrellas en ningún lugar y tal vez menos. Claro que el hostel al que fue mi compañero de viaje, era un lugar muchísimo peor, casi inmundo, que me hizo sentir vergüenza como argentino que se lleve a turistas extranjeros a esos lugares.

Mi compañero de caminata era un español de 70 años, al cual se le había metido en la cabeza hacer cada año los campamentos base de las montañas más altas de cada continente. El año pasado había estado recorriendo los campamentos base del Himalaya en Asia, este año le tocó el Aconcagua y el próximo iría a los campamentos del Kilimanjaro en África.

Desde Horcones a Confluencia

Saliendo de Penitentes, a media mañana nos llevaron hasta cerca de Horcones, vecino a Puente del Inca. Mientras nos estábamos preparando para subir, llegó un helicóptero evacuando a alguien en una camilla seguramente afectado por la altura o tal vez por un accidente. Luego empezamos a caminar en lo que sería un paseo por la montaña, hasta llegar al campamento de Confluencia, sin ninguna dificultad.

En Confluencia (3.390 metros snm) una enfermera nos midió la saturación de oxígeno y nos habilitó para seguir subiendo.

Confluencia es un campamento en el cual se reúnen centenares de personas de todo el mundo, ya sea las expediciones de los que van a hacer cumbre por los distintos caminos posibles, en general pasando por los campamentos de base de Plaza Francia o de Plaza de Mulas, aunque también estábamos los que hacíamos el trekking.

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Una vista parcial del campamento de Confluencia

La subida al día siguiente  hasta Plaza Francia (4.200 metros sobre el nivel del mar) me resultó fatigosa, pero la completé sin problemas.

LLegando a Plaza Francia, en el fondo la pared sur del Aconcagua

Allí tuve la oportunidad de ver en primer plano la famosa pared sur del Aconcagua y también una avalancha que me demostró que los que eligen ese camino, son sin duda “casi” suicidas, por su dificultad y también por los riesgos que asumen, ya que si hubiera habido andinistas por allí, los hubiera arrastrado, engrosando el ya concurrido cementerio en la base de la montaña.

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Avalancha en la pared sur

Por la noche volvimos a dormir a Confluencia, donde nuestro campamento y la comida, no fueron de lo mejor. No pasé una buena noche, tal vez por la altura y por la incomodidad propia del campamento, a lo cual no estoy muy acostumbrado. Tampoco el guía era muy bueno, no motivaba y si bien entendía de montañismo no tenía las aptitudes de otros guías que posteriormente conocí, cuya función no es sólo acompañar de manera segura a los caminantes, sino motivarlos, evaluar sus capacidades para ayudarlos a lograr el objetivo.

Al día siguiente en el cual teníamos programado llegar a Plaza de Mulas (4.300 metros snm), como consecuencia de mi inexperiencia en la montaña, escasa preparación física y del poco tiempo para aclimatarme a la altura, me resultó un suplicio desde el principio.

Hacia Plaza de Mulas

A poco de andar, la altura y los desniveles hicieron que por el cansancio, el mal de altura y mi fatiga, tuviera que reflexionar sobre la conveniencia de seguir o no. Me sentí desconcentrado para lo que tenía que encarar ese día, que era la etapa más difícil de la caminata por su duración y altura. También me sentí desmotivado, sin ganas de seguir.

En un momento, me senté y me pregunté ¿vale la pena que me dé un infarto en la montaña solo por el afán de llegar o por amor propio? Por suerte primó la cordura, hablé con el guía y decidí regresar a Penitentes.  El regreso fue un paseo, al bajar mi estado físico mejoró mucho y disfruté de la montaña, aunque tenía una sensación amarga. En las proximidades de Horcones, haciendo autostop una camioneta me devolvió a Penitentes.

Desde el balcón del Hotel Penitentes Alicia se sorprendió de verme llegar un día antes de lo previsto y luego de pasar la noche, decidimos seguir hasta Santiago de Chile, donde estuvimos muy bien, como siempre en el país trasandino.

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Hotel Penitentes, fin del recorrido

De todas maneras aún me queda la sensación de fracaso por no haber podido completar el objetivo de llegar a Plaza de Mulas, pero también fue una experiencia valiosa de no ir más allá de los límites y preservar la seguridad sobre el cumplimiento de los objetivos que uno se traza.

 

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