La Celebración de la Pachamama en varias experiencias.

 Amaicha del Valle; Tilcara y a la vera de la Ruta 9 en La Quiaca    

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Celebrando la Pachamama en Patio Alto, Tilcara

A la vinculación con Slow Food que duró desde 1999 hasta 2014, le debo haberme introducido en mundos para mi desconocidos hasta ese entonces: los pequeños productores indígenas, la cocina gourmet, los vinos, los productos diferenciados en base a su herencia cultural, etc, etc. Pero además hay algunos “subproductos” de crecimiento personal que son tan importantes como los nombrados anteriormente.

Uno de ellos, la celebración de la Pachamama, es el que voy a relatar ahora.

De manera totalmente casual y en viaje por la ruta 307 bordeando los Valles Calchaquíes, hacia Santa María en Catamarca, para visitar a los productores de los maíces andinos, que fue un proyecto que hicimos con Slow Food, luego de pasar una noche en un bonito hotel de Tafí del Valle, sabiendo que el 1º de agosto era el día de la Pachamama y que en Amaicha del Valle se celebra con devoción, fui hasta allí buscando un lugar donde poder ver la ceremonia.

La Pachamama  es “una diosa totémica de los Incas representado por el planeta Tierra” y que sigue viva en las comunidades aymaras y quechuas. En esencia es el suelo, el aire y la naturaleza, todo ello en su conjunto, a la cual en reciprocidad a lo que nos brinda, se le rinde ofrendas debido a que es una deidad protectora y proveedora de todo lo que nos da la Tierra, si ello no se realiza, o si se la ofende puede producir hambre y enfermedades, en su faz negativa.

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La celebración se realiza en casas de familia y también en algunos centros comunales, así que fui preguntando hasta que me indicaron la casa de una familia donde se hacía la celebración, en la cual ya habían muchos lugareños reunidos, a las que se sumaban algunos visitantes como yo, incluso un puñado de turistas extranjeros.

Los pobladores locales estaban vestidos muy sencillos, pero con lo que, seguramente, eran las mejores ropas de las que disponían y en un estado inmaculado, trasmitiendo en la forma de vestir la deferencia por la Madre Tierra. Llamaba la atención el respeto reverencial de esa gente ruda con sus rostros cobrizos surcados por miles de arrugas provenientes de un sol implacable durante los trabajos en el campo sembrando cultivos o cuidando animales en las serranías.

Con la prudencia del caso pregunté si podía acompañarlos y con la calidez y la generosidad de la gente sencilla me dijeron que por supuesto, que pasara y me sintiera como en mi propia casa.

Una mujer estaba a cargo de la ceremonia y luego me explicaron que todos los años cambia la persona que la conduce. Ella empezó murmurando algunas palabras y poniendo los alimentos en un pozo en excavado en la tierra, en el patio trasero de la vivienda. También en un momento dado empezó a fumar de una manera muy particular como si estuviera en trance.

Luego ante una indicación suya, el resto de la gente, en un orden predeterminado, seguramente por la edad o la posición dentro del grupo, empezó a poner alimentos en el hoyo en la tierra y también muchos ponían tabaco. Algunos, además de los alimentos quisieron poner dinero, pero esta mujer, con un gesto enérgico, se lo impidió.

Algunas personas murmuraban algunas palabras cuando ponían sus ofrendas, otros mencionaban los nombres de parientes enfermos y no faltaron las ramas de ruda macho.

Luego la familia ofreció a los presentes unas empanadas, que nosotros aceptamos con un poco de vergüenza o de culpa, debido a lo humilde de la casa, por lo que luego insistimos en hacer una contribución como un pago simbólico, pero no lo aceptaron bajo ninguna circunstancia. También circulaba de boca en boca vino en cartones de tetra que bebimos con gusto.

De a poco la ceremonia se fue diluyendo, la gente se fue volviendo para sus casas, así que con un poco de pena que esa ceremonia tan maravillosa haya terminado, me subí al auto nuevamente y seguí para Santa María, Catamarca.

La sensación de haber estado allí me perdura en el tiempo y no me resulta posible trasmitir en estas líneas el fuerte contenido emocional, tal vez por haber sido la primera vez que la presenciaba, pero también por la devoción de la gente, y por la profunda energía espiritual que se sentía en todos los presentes.

Luego me tocó presenciar la misma ceremonia un par de veces en el hotel Patio Alto de nuestros amigos Tomy y Etel en Tilcara. Algo también muy sentido por parte de los anfitriones, a los cuales acompañamos durante varios años sus amigos de Buenos Aires y algunas personas locales. La ceremonia era conducida por los dueños de casa, previo a lo cual Etel recorría las distintas dependencias y habitaciones con un saumerio, como alejando a los malos espíritus, o al menos eso es lo que yo interpreté.

Celebración de la Pachamama en Patio Alto en 2013

La ceremonia de la Pachamama en Tilcara era bastante similar a la que había visto en Amaicha del Valle, pero si bien el contexto era de respecto por la Madre Tierra, terminaba con un festejo con serpentinas y papel picado, tal vez por la importancia local del Carnaval jujeño.

Celebración en Patio Alto en 2014

La última celebración de la Pachamama a la que asistí fue regresando del Salar de Uyuni, ya en territorio argentino, a bordo de un ómnibus de la empresa El Quiaqueño, en el cual éramos los únicos turistas. En un momento dado el ómnibus se detiene nos invitan a bajar y nos dicen que iban a “challar la tierra”.

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La celebración al borde de la Ruta 9

Una señora que oficiaba de organizadora y los choferes, en el medio de unos paisajes hermosos de la Quebrada, hicieron un pozo en la tierra y comenzaron con la ceremonia, muy similar a las otras que había visto. Los obsequios a la Madre Tierra eran principalmente hojas de coca, una especie de guiso de papas andinas que habían traído en una bandeja plástica (esta comida se denomina tijtincha), cerveza, alcohol y papeles de colores, incluso billetes de 100 pesos en tamaño miniatura que simbolizan prosperidad.

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La organizadora de la celebración en la ruta y uno de los choferes

Así uno a uno los pasajeros fuimos poniendo nuestras ofrendas en el pozo, que luego fue quemado con hierbas o arbustos aromáticos del lugar. Luego investigué y descubrí que la “challa” es un rito simbólico de la región andina ya que challar o chayar es una palabra que significa pagar, es decir retribuir a la Madre Tierra lo que ella hace a diario por nosotros.

Celebración y los paisajes de la Quebrada

Tampoco hubo manera, a pesar de la insistencia, que la señora que organizaba aceptara algún donativo nuestro para colaborar con los gastos que había afrontado, a pesar de su condición humilde.

Me llamó la atención que algunos pasajeros jóvenes, se mantuvieron alejados, rechazando la participación y tal vez sintiendo vergüenza de las tradiciones de sus mayores. Eso es lo que en medios eruditos se llama transculturización.

En una época en que nuestra civilización y las comodidades que deseamos se empeñan en deteriorar el medio ambiente, todavía queda gente sencilla que rinde tributo a la Madre Tierra. Nosotros, sin esas tradiciones, pero valorando la conservación del medio ambiente, deberíamos rendirle culto a la Madre Tierra todos los días, consumiendo menos energía, reciclando, no contaminando y compatibilizando todo lo posible las necesidades del mundo actual con la también necesaria protección de la Pachamama.

 

 

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