El día inexistente: 23 de septiembre de 2009

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La Línea del Tiempo y nuestro itinerario

Hay algunos viajes que llaman la atención por ser recorridos poco frecuentes. Este fue uno de esos: abordamos un crucero en Vancouver y fuimos hasta Alaska y desde allí a China, pasando por algunos puertos asiáticos como Sapporo (Japón), Vladivostok (Rusia),  Pusan (Corea).

Lo que debía ser un crucero de placer tuvo algunos contratiempos. El primero fue a poco de salir de Alaska: el capitán nos anunció que había un tifón en el Mar de Japón, por lo cual debería cambiar el rumbo y prefería, por seguridad, navegar al norte de las islas Aleutianas, por el Mar de Behring. Allí empezó, además de una aventura, un viaje en el tiempo.

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Estrecho de Bering

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Navegando al norte de las islas Aleutianas para escapar del Tifón

Haber navegado el mar de Behring fue un desafío porque es un lugar poco frecuentado por los viajeros, aun los más experimentados. Pero lo más interesante del viaje tuvo que ver con la línea del tiempo, que la vemos representada en todos los mapas, trazada de forma un poco irregular sobre el Océano Pacífico, y que resulta un concepto poco concreto para nosotros, aún los que estamos acostumbrados a viajar permanentemente.

En esos 6 días de navegación desde América hasta Asia, modificamos una hora hacia atrás nuestros relojes todas las noches.

Lo curioso es que se “pierde” un día al atravesar la Línea del Tiempo, por lo cual  nosotros pasamos directamente del 22 de septiembre al 24, sin haber vivido nunca el 23 de septiembre. Más allá del hecho curioso, tuvimos una dificultad doméstica: nuestro hijo Alejandro cumple años el 24 de septiembre y, teniendo en cuenta el día inexistente y la diferencia horaria con Argentina, no nos resultó nada fácil encontrar el horario para llamarlo en la fecha y hora apropiada.

La línea de cambio de fecha, también llamada Línea del Tiempo (Data International Line), establecida por una convención de 25 naciones en 1884, que se ubica a 180 ° de longitud oeste, es decir a la mitad del globo terráqueo, medido desde Greenwich, cerca de Londres y separa los días entre los Hemisferios Este y el Oeste, e implica el cambio de día.

Narra la historia que este fenómeno fue por primera vez descubierto por la expedición de Magallanes, que fue la primera en dar la vuelta al mundo. Cuando Elcano y los sobrevivientes llegaron de nuevo a España, vieron que tenían en sus anotaciones un día menos que en España el 6 de septiembre de 1522, en lugar del 7 de septiembre fecha oficial de España. Estando seguros de la forma rigurosa en la que habían llevado las anotaciones, plantearon el problema que generó mucha discusión en la época a tal punto que dicen que una delegación viajó a exponerle el problema al Papa Adriano VI.

Este mismo argumento fue el que utilizó Julio Verne en su novela La vuelta al mundo en 80 días, en la que el inesperado final se basa en la pérdida de un día, lo que le permite al protagonista Phileas Fogg llegar a último momento a tiempo para vencer la apuesta a sus rivales del Reform Club.

Sin pretensiones de asemejarme a Elcano y a los sobrevivientes de la expedición de Magallanes, ni tampoco a Phileas Fogg de Julio Verne, también tuve la fortuna de hacer una modesta experiencia al respecto.

 

 

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