Rebelión en Kenia, 2008

 

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Imagen: Gentileza El Deber

Acampar a pocos kilómetros de comunidades de gorilas no es una idea demasiado tranquilizadora. Un macho pesa entre 140 y 200 kilos, llega a medir 1,75 metro y, si se siente desafiado, se golpeará el pecho, romperá ramas, enseñará los dientes y enfrentará al contrincante. Por eso, la propuesta de llegar solo a Kenia, Uganda y Ruanda no era algo que convenciera mucho a mis seres queridos. Como yo igual quería vivir la experiencia de escuchar respirar a esos animales de cerca, insistí y tras varias idas y vueltas finalmente emprendimos la marcha en familia. Serían días repletos de desafíos y sorpresas.

La primera alarma apareció apenas aterrizamos en Nairobi, la capital keniata. Allí llegamos nosotros, pero no así nuestras valijas. Los viajes en avión serían experiencias mucho más gratas si no hubiera que pasar por el ritual de espera de valijas después de bajar. Vimos en la cinta los primeros equipajes, buscamos entre bolsos de varios tamaños, esperamos con paciencia y finalmente fuimos testigos de cómo se vaciaba el lugar y nuestras valijas no aparecían. En dos días empezaríamos la aventura del safari y no teníamos más que lo puesto. Ante nuestra insistencia telefónica, la aerolínea -South African Airlines- nos decía que no habían llegado, pero por recomendación de alguien del hotel volvimos al segundo día al aeropuerto y pedimos entrar en una sala que podría identificarse como “la de las cosas perdidas”. Entre miles de equipajes amontonados identificamos los nuestros. El primer desafío tuvo final feliz y en ese momento no imaginábamos que sería el menor de los problemas.

Aunque África me generaba curiosidad desde hacía tiempo, conocía poco del continente, sólo Sudáfrica. Estaba allí por mi de consultoría cuya pregunta principal rondaba en torno a cómo la ciencia y la tecnología podrían resolver problemas de hambre y pobreza en el mundo, éramos referentes de varios países y punto de encuentro en Kenia. Fue ese trabajo el que me abrió las puertas a una nueva etapa de viajes: lugares del mapa menos turísticos, pero con una riqueza enorme en las experiencias. La reunión internacional finalmente se suspendió por la situación que nos obligaría a cambiar los planes varias veces más: el contexto político.

Llegamos a Kenia en el medio de un proceso electoral para nada pacífico. Las elecciones son siempre un potencial problema allí y el resultado del escrutinio resultó un conflicto: la ventaja de un millón de votos que inicialmente tenía el candidato opositor se fue reduciendo día a día hasta que finalmente el partido que gobernaba se declaró ganador por un margen muy estrecho. Mwai Kibabi seguiría liderando el país y eso transformó las calles en reclamos constantes: los que apoyaban al opositor Raila Odinga se manifestaban en los puntos céntricos y sostenían que había sido un fraude, posición avalada internacionalmente.

Mwai Kibabi                                        Raila Odinga

Imágenes: Gentileza Wikipedia

De a poco, nuestro plan turístico empezó a interrumpirse. Recuerdo un día en Nairobi que no nos dejaban ir de un hotel a otro porque, explicaban, era muy peligroso. Ante nuestra insistencia, finalmente llamaron un taxi y llegamos a destino. En el camino notamos por qué la preocupación de quienes nos advertían: todo estaba cerrado y sólo había manifestantes en la calle. Al otro día, finalmente, nos alejaríamos de la ciudad porque empezaba el safari. O eso creíamos.

La ruta de la excursión fue lo primero que cambió: los guías explicaron que empezaríamos por la reserva natural Másai Mara -que en realidad es uno de los últimos destinos- porque era el lugar que consideraban más seguro. Antes de llegar pasamos por el gran Valle del Rift, posible origen de la raza humana, y admiramos esa profunda grieta verde que se extiende por casi 5 mil kilómetros desde Yibuti y Etiopía hacia el sur hasta Mozambique, atravesando gran parte del continente.

Los dos días en Másai Mara los pasamos rodeados de manadas de elefantes, cebras, jirafas, ñus y gacelas. Pudimos ver grandes felinos: leones, un leopardo (siempre son esquivos) y numerosas chitas. Los gigantescos árboles “baobabs” dominan los pastizales y sirven de refugio habitual a los leones, para su descanso a la sombra de la copa frondosa. Pasamos por el Mara River, la frontera con Tanzania. El río, además de ser hogar de cocodrilos e hipopótamos, es el camino por donde al finalizar la estación seca, en mayo, cruzan un millón de ñus y centenares de miles de jirafas, cebras y otros herbívoros en busca de agua y pasto. Allí, las osamentas son el testimonio de la dureza de las leyes de la naturaleza: sólo los más jóvenes y fuertes pueden sobrevivir a esta exigente actividad anual.

Además de sorprendernos con la naturaleza y sus formas de vida, conocimos a los Masai, un pueblo de ganaderos que vive como en un rincón de la historia: sus aldeas están rodeadas de un seto de ramas secas para protegerlos a ellos y a sus animales de los predadores. Las casas son de adobe con techo de paja y la altura de las estructuras es mínima, aunque ellos son bastante altos. La pobreza de estas aldeas es evidente, hay muy poco de todo, salvo de hermosos niños con la cabeza rapada, grandes dientes blancos y una enorme sonrisa. Los Masai usan su típico atuendo: una túnica rojiza y un bastón o lanza en la mano. Así conviven con leones y demás criaturas de la reserva mientras hacen pastar a sus animales.

La estadía en Masái Mara terminó y el próximo punto del recorrido fue el lago Navaisha. Las revueltas por el fraude electoral no sólo seguían, sino que crecían. Allí esperaríamos a que la situación mejorara para poder cruzar a Uganda. Dormíamos en carpa, cerca de ese espejo de agua de más de 100 kilómetros cuadrados con modernos invernaderos donde se cultivan principalmente rosas para exportación.

Acampamos dos días al lado del lago con noticias cada vez menos alentadoras. Las noticias oficiales en Kenia eran nulas: para el gobierno no estaba pasando nada. Por eso, intentamos contactar embajadas. En la de Argentina ni siquiera respondían el teléfono y en la de Italia nos decían que no nos moviéramos para ninguna parte porque no había ninguna seguridad en las rutas y que ya había más de 600 muertos por el conflicto. Nos quedamos en la carpa.

Pudimos usar un celular y hablar con Agustín, mi hijo, que desde Argentina nos describía un escenario cada vez más riesgoso: “Empezó el genocidio, prendieron fuego una iglesia en Kiambaa repleta de fieles”, contó. Fue uno de los hechos que tuvo mayor repercusión y 35 personas murieron quemadas. Días después, el conflicto llegó al Valle del Rift, por donde habíamos pasado. Allí, los enfrentamientos entre etnias (una apoyaba al opositor y la otra al gobierno acusado de fraude) dejaron decenas de víctimas fatales. Hubo, incluso, viviendas que se prendieron fuego. Después sabríamos que fueron los enfrentamientos más sangrientos desde un intento de golpe de Estado que hubo en 1982.

La experiencia de seguir recorriendo el país y cruzar a Uganda quedaría para otro momento, ahora debíamos pensar cómo podíamos alejarnos de ese contexto. Los caminos estaban cerrados y nos decían que era peligroso moverse. El riesgo aumentaba porque éramos turistas: seríamos un buen blanco si alguien quisiera difundir la situación internacionalmente.

Por las vueltas del azar estábamos con una pareja de suecos recién casados, en su luna de miel, que se comunicaban permanentemente con su embajada. Los funcionarios los ponían al tanto de la situación y en un momento llegó el aviso de la embajada sueca de que la ruta al aeropuerto estaba abierta. Las indicaciones fueron precisas: “Con cuidado, sin parar y sin pasar por el centro de Nairobi”. Pusimos todo en marcha.

Fue extraño, pero cuando llegamos al aeropuerto nos sentimos a salvo. Momentos después, el alivio se convirtió en una impresión desconocida: frente a todas las opciones de pasajes¿a dónde ir? ¿Qué destino sería menos peligroso? ¿Qué decisión deberíamos tomar? ¿Cómo nos organizamos? Ese mismo día había que tomar un avión para algún lugar seguro. La lista de destinos más pronta incluía a Etiopía o Somalía, que, en mi desconocimiento de África, parecía que era “salir de Guatemala para ir a Guatepeor”. La compañera sueca nos sugirió ir a Zanzibar. Así lo hicimos casi por inercia, sin saber ni dónde quedaba, ni a qué país pertenecía. Sólo queríamos salir de Kenia. Finalmente, resultaron islas maravillosas que formaban parte de Tanzania y las vacaciones terminaron -o empezaron- en un espacio hermoso. Esa será una nueva historia.

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Nuestro grupo y el camión, ya a salvo en el aeropuerto de Nairobi

Semanas después, ya tranquilos y lejos de la rebelión keniata, la pareja sueca que nos acompañó en la aventura nos mandó una foto del principal periódico de su país. La foto de tapa eran ellos dos en su boda. Adentro, el diario contaba la situación de peligro que estaba pasando el matrimonio en Kenia. Parece que en Suecia todo es tan previsible que esta pequeña aventura merece la tapa de un diario.

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