Las pequeñas diosas de Katmandú

Nepal, febrero de 2010

DSCN7698 Kumari

Las fotografías están prohibidas. Estamos esperando desde hace casi dos horas frente a una casa de piedra. Somos unas 50 personas en Katmandú, la capital de Nepal, y queremos conocer -o al menos ver de lejos- a una niña que, aseguran, es la reencarnación de una diosa.

Es 2010, todavía faltan cinco años para que un terremoto de escala 7,8 escala Ritcher destruya  gran parte de la ciudad y deje miles de muertos y heridos; pero el lugar ya es caótico. Llegar a Katmandú desde Bangladesh fue una aventura. La aerolínea estatal Biman – Bangladesh Airlines parece haberse quedado en la década del setenta. Todavía cuentan con una flota de DC-10, los modelos -de una turbina en la cola y dos en las alas- que en los ‘70 salieron en los diarios por protagonizar varios accidentes. Recuerdo uno, en 1979, cuando a una unidad se le salió la turbina en la costa de Chicago. Murieron sus 273 ocupantes y sacaron de servicio a todos los DC-10 del mundo. En ese momento me había quedado varado en Río de Janeiro un día hasta que la vieja aerolínea brasileña Varig me mandara en un aún más viejo Boing 707 a Estados Unidos. A uno de esos aviones estoy por subirme. En 2014, cuando esta aventura ya sea antigua, la compañía Biman finalmente renovará sus unidades y los DC-10 serán sólo un recuerdo. Pero ahora hay que volar.

Todo tiene look de los setenta: los tapizados, la cartilla con los consejos para los pasajeros, incluso la distribución, porque el espacio entre asientos es más cómodo. Somos pocos en este viaje en el tiempo, nos miramos con cara de confusión, sorpresa, incertidumbre. El vuelo fue tranquilo, sin ninguna de las complicaciones que imaginábamos. Empezamos a descender. Cinco minutos. Seguimos bajando. Pasan diez, quince minutos. El descenso continúa. Veinte minutos y no tocábamos tierra. Un belga que conocimos en el aeropuerto miraba y preguntaba con gestos cuándo llegaríamos. Finalmente, el piso con un muy suave aterrizaje. No hubo aplausos como en Argentina, pero de repente volvíamos a respirar después de la adrenalina del aterrizaje.

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DSCN7697 KumariLa niña diosa sigue sin salir. Seguimos esperando, se juntan más turistas. Los guías de cada grupo se encargan de recaudar las propinas necesarias para presenciar el saludo de la Kumari, como acá llaman a las chicas de entre 4 años y la edad de la primera menstruación que crecen cuidadas como diosas. La ansiedad crece.

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Katmandú es una ciudad caótica. Bajamos del DC-10 y la entrega del equipaje es en la calle. No hay cinta, ni nada parecido a un aeropuerto de bienvenida a un país. Las valijas van en carritos y uno debe encontrar lo propio allí. Hay dos cosas que enseguida se perciben: una es el tráfico y otra es la suciedad. Yo había leído que era uno de los lugares más sucios del mundo, pero igual me sorprendí. Todo es desorganizado. Encontrar un restaurant más o menos bueno que no tenga manchas en los manteles es un lindo desafío. Es un shock muy fuerte. Veníamos de la India, de Calcuta… pero sin embargo impacta. Había un río en el que vimos una ceremonia de los muertos, donde arrojan cuerpos, al igual que en India. Con esa misma agua se lavaban los dientes. Por las calles de Katmandú están los santones, personas -la mayoría hombres- que dedican su vida a adorar al dios hindú Shiva y renuncian a “todas las posesiones materiales”. Apenas vestidos, muchos maquillados y con accesorios coloridos, los santones viven en pequeñas comunidades alrededor de los templos. Parecen una suerte de combinación entre hippie y linyera, pero dedican su vida a dios, aunque no se comprende muy bien qué significa exactamente dedicar la vida a dios. Uno de los pasatiempos de quienes llegan aquí es retratarlos. Hay que estar atento: si perciben el interés turístico, seguramente pedirán algo a cambio.

DSCN7985 Nepal

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Una Kumari no es cualquier niña. Será la elegida entre muchas para representar la reencarnación de la diosa hindú Taleju. La tradición, de más de 700 años, genera la veneración de todas las castas, desde los más pobres hasta el rey y su familia. El sistema de elección es particular: se realiza entre las niñas de la casta newari, que deben tener treinta y dos -sí, treinta y dos- atributos físicos particulares. Entre las que cumplen este requisito, hay una prueba clave digna de cualquier relato de terror: se las encierra a oscuras en una habitación del Palacio Real y se las asusta de variadas formas. Sólo la que no tiene miedo puede pasar a la segunda prueba, que es reconocer las pertenencias de su antecesora. Si lo logra, se la reconoce como la reencarnación de Taleju y es elegida como la nueva Kumari.

Seguimos esperando frente a su casa, de piedra, con un patio interior. La puerta de madera tiene un trabajo de tallado excepcional, al igual que las ventanas que se agrupan en dos pisos sucesivos y llegan a un alero de madera oscura también ricamente tallado. El marco de la puerta es de piedra tallada con filigranas y una sucesión de calaveras pequeñas, está coronado por un arco superior que supera a todo el conjunto en la belleza. En él están representadas figuras de diferentes dioses, coronada por Shiva con sus brazos, serpientes y otros animales mitológicos.

El guía advierte que en cualquier momento saldrá la actual Kumari. Señala el balcón del primer piso, desde donde saludará. El murmullo generalizado -un “ooh” de sorpresa y veneración- evidencia que la niña diosa está empezando a asomar.

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En la capital de Nepal todos trasladan el peso con la frente. No cargan en la espalda, ni en los brazos, ni en sus piernas, cargan en la frente. El sistema es el siguiente: entrelazan una suerte de tela circular que traban justo arriba de los ojos y enganchan en el hueco que queda atrás lo que quieran mover: desde niños pequeños hasta plantas, libros, alimento o ropa. Pienso que podría haber llevado todo mi equipaje de esa forma. En ese viaje, armé una valijita que pesaba 9,9 kilos y la llevé siempre encima. Un hombre en el aeropuerto nos vio con tan poco equipaje para un viaje de 45 días que nos pidió una foto para comparar con el suyo, que era el doble o el triple.

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Saluda tímidamente desde el balcón del primer piso esta Kumari. La gente no aplaude, sólo la mira y murmulla. Algunos quieren sacar fotos, pero los guardias son estrictos: está prohibido. Habrá que conformarse con el recuerdo o un souvenir. ¿Qué sensación deja la Kumari? Estuvo menos de un minuto y se fue, pero tenía tremenda cara de asustada. Imagino que independientemente de que sea una diosa viviente, llevan una vida que saben que durará poco. Cada elegida tiene su momento de gloria hasta su primera menstruación, cuando es momento de elegir a la sucesora.

Después del terremoto de 2015, una de las pocas construcciones históricas que quedó en pie fue la casa de la Kumari. ¿Será realmente una diosa que consiguió que su morada no fuera destruida por la fuerza de la naturaleza, como el resto de la ciudad?

DSCN7128 Nepal

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