Entre la Primavera Árabe y la Manhattan del desierto

Yemen, marzo de 2011

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Panadero en Saná, con qat en la boca

Era difícil olvidar que estaba en Yemen. Aun en 2011, cuando las revueltas de la Primavera Árabe yemení recién estaban empezando, circular por sus ciudades implicaba la compañía de un guía y un joven custodio con un arma en cada salida, tan naturalmente como uno lleva un celular. Los paisajes y la historia se mezclaban con frecuentes controles militares -a veces cada 2 kilómetros, a veces cada 5- y en cada uno había que dejar copias del permiso de viaje: incluía el itinerario, el celular del guía y mis datos. Llegué a usar una treintena de fotocopias por día.

Al planificar el viaje sabía que Yemen había sido un país muy conflictivo: durante años estuvo dividido en norte y sur, luego fue unificado formalmente, pero con dificultad en los hechos. Aunque tuvo varias guerras civiles a lo largo del siglo XX, en ese momento estaba relativamente tranquilo. O eso creía. En marzo de 2011, Abdullah Saleh todavía presidía el país. Llevaba 34 años en el poder y las concentraciones para destituirlo empezaban a verse en las calles. Seis años después, moriría en un enfrentamiento con sus ex aliados, que lo acusaron de traidor. Un amigo que trabajaba en Cancillería me aconsejó “apurar el paso” cuando supo que lo llamaba desde Yemen. Pero allí, para mis ojos de extranjero, la situación no parecía descontrolada. Con el diario del lunes puedo decir que estaba empezando a estarlo. Hoy, las notas periodísticas del momento describen cómo comenzaban a verse los primeros francotiradores.

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Para apreciar la riqueza y lo interesante de Yemen hay que remontarse a su historia y comprender sus lugares. La zona era conocida por los griegos de la antigüedad como la “Arabia Feliz” por su vegetación y su desarrollo. Una de las regiones montañosas combinadas con valles de ríos estacionales que termina en terrenos desérticos es el Wadi de Hadramaut, el “oasis lujurioso” de mayor tamaño de la península arábiga: tiene 165 kilómetros de largo. Ese punto es el origen de todos los mitos y leyendas de Yemen y hay evidencia de asentamientos humanos de más 700 mil años, con todas sus historias. La leyenda lo cita como un reino mágico habitado por gigantes, llamados “Aditi”, que vivían por siglos y cuya riqueza no tenía límites.

Allí, dicen, se desarrolló el histórico Reino de Saba (aunque también hay versiones que lo ubican en Etiopía y Somalía), una región muy rica donde su legendaria reina habría viajado con la caravana más extensa y lujosa que se hubiera conocido nunca jamás, a visitar al Rey Salomón (hacia el año 950 a. C.). El momento fue registrado en el Corán y en el Antiguo Testamento.

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La ciudad actual más importante de la región es Seiyun, que en la antigüedad resultaba una parada clave: por la fertilidad del lugar, allí se proveían alimentos a quienes cruzaban por el camino comercial entonces llamado Ruta del Incienso. Lo que pasaba en 2011 estaba bastante alejado de resultar un punto de descanso y provisiones. Quienes llegaban en avión tenían un primer contacto con el día a día del lugar: el aeropuerto parecía una terminal de ómnibus de pueblo. Quienes recibían a los viajeros están descalzos. Una empleada de migraciones pedía propina para alimentar a sus hijos.

El hotel donde dormiría durante mi estadía era una construcción de adobe y arcilla con la arquitectura típica: arcos y cúpulas con amplios patios y jardines. Había fuentes que contrastaban con lo árido del lugar. Todo era del color del adobe: el suelo, las montañas y todos los objetos, repletos del polvo que todo lo cubre. La sequía del desierto remarca la relevancia del agua: en sólo una escena, uno comprende lo esencial que resulta para vivir.

Una vez instalado en Seiyun, un nuevo custodio se volvió compañero de viaje. Era muy joven y estaba armado con una AK-47, Kalashnikov, una de las más conocidas y difundidas armas rusas. Escoltado por él, conocí el Palacio del Sultán y la Gran Mezquita, que es la de mayor tamaño y la que recibe a todos los viernes, cuando el resto cierra. Ese día recibí la primera advertencia: el jefe de policía no autorizaba una salida a cenar porque, tras los rezos conjuntos en la mezquita, dos grupos de musulmanes enfrentados -a favor y en contra del presidente- se encontraban fuera del lugar sagrado y podría haber disturbios. Los llamaban “viernes de furia”.

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Nuestro guardia con Shiban de fondo

La Manhattan del desierto

Shibam podría ser la “ciudad de las puertas”. Para entrar a este rincón de rascacielos amurallados en medio del desierto -parte del Wadi de Hadramaut- hay cinco puertas de acceso. Cada puerta es una verdadera obra de arte tallada a mano sobre madera. Desde lejos, Shibam es un bloque de adobe de 30 metros de altura. Más cerca empiezan a distinguirse los 7 u 8 pisos de cada una de las 500 construcciones, unidos por terrazas que funcionan como espacios comunes, de encuentro. Cada edificio está separado por un laberinto de callecitas que invita a perderse. En los edificios -conocidos como “Torres” o “viviendas bayt”- viven varias generaciones, habitualmente cuatro, de una misma familia. Cada una tendrá su espacio propio y para compartir, tomar el té y entretenerse usarán las terrazas.

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Desde 1982, Shibam es Patrimonio de la Humanidad de Unesco. La mayoría de las viviendas fue construida entre los siglos XIV y XVII, pero el guía se esfuerza por convencernos de que algunos tienen 2 mil años. La construcción es con uno de los métodos antiguos: en tierra cruda. El adobe que le da la belleza particular es el mismo que genera más trabajo: tras la temporada de lluvias, los edificios deben ser reparados año a año.

Desde antes de llegar a Shibam el camino ofrece experiencias nuevas. En el medio del viaje divisamos mujeres que, por su vestimenta, parecían salidas de una película de brujas. Son ellas quienes se ocupan de cuidar animales y trabajar la tierra y para evitar los malos efectos del sol llevan túnicas negras que rozan el piso, un velo y una rendija muy estrecha que sólo deja ver la línea de los ojos. Usan, además, un sombrero de paja alto y que termina en punta: se llama “madhalla”. La vestimenta de estas mujeres trabajadoras suele llamar la atención de los extranjeros, pero ellas no son muy amigas de las fotos. Una vez, cuenta el chofer, rompieron con piedras los vidrios del auto porque identificaron a un turista capturando su imagen.

La ciudad es contradictoria. Desde afuera es de una belleza única, casi surrealista. No es fácil creer que es real, especialmente cuando se transforma en una postal con los rayos del sol del crepúsculo cayendo sobre los edificios de adobe. Sin embargo, una vez adentro, la falta de limpieza, los cables eléctricos y telefónicos que cruzan todos los edificios y la cantidad de autos estacionados generan una sensación de frustración. En el medio de la belleza caótica corren niños por todos lados (Yemen es el país con mayor tasa de natalidad: más de 4 hijos por mujer) entre animales. Hay gallinas, cabras y hasta un camello. Todo parece calmo, los niños sonríen, los adultos responden amablemente. Si no fuera por el custodio armado con un fusil que me pisa los talones, aseguraría que el riesgo aquí no existe.

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Las risas se escuchan más fuerte cuando nos acercamos a una suerte de salón de té a cielo abierto. Muchos hombres jugaban al dominó, otros charlaban, algunos más ofrecían té. Pienso de nuevo en los contrastes, en cómo muchos de ellos debieron haber participado en las guerras civiles del país y ahora sonríen, son amables, transmiten paz.

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