Cabalgata al avión de los uruguayos

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Listos para comenzar la cabalgata

Este ha sido un viaje maravilloso por distintos motivos. En primer lugar porque es un lugar histórico y relativamente reciente, dado que es un acontecimiento que todos nosotros hemos vivido. Aunque no hayamos estado allí, hemos tenido un sentimiento de admiración hacia los que les tocó vivir esa circunstancia y la forma en que sobrellevaron la odisea.

En segundo lugar porque lo hice con mi hijo Alejandro, que tenía en ese entonces sólo 13 años, lo cual ha sido un ingrediente muy importante porque nos permitió compartir 3 días enteramente juntos y ver lo bien que se desempeñaba en un mundo que no le era habitual.

El lugar de encuentro fue en El Sosneado, pequeño caserío, donde además de la hostería encontramos un boliche, bien de campo, de los que ya se ven muy poco, donde jugamos un partido de pool con Ale.

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En El Sosneado

El grupo era muy heterogéneo y bastante numeroso, de unas 20 personas, todos nos integramos muy bien. Estaba mayoritariamente compuesto por todas personas de ciudad que nunca se habían subido a un caballo. Pasamos la primera noche en la hostería de El Sosneado, bastante precaria por cierto. Al día siguiente bien temprano luego del desayuno subimos a un muy viejo micro Mercedes Benz 1114 que tenía la particularidad de ser 4×4 y a través del cauce seco de un río llegamos hasta una planicie donde nos esperaban los reseros con caballos y mulas.

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Viajeros y reseros

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Amaneciendo en la cordillera

Luego de un buen rato para cargar en las mulas todo el equipaje, tanto el nuestro como las provisiones para los tres días, comenzaron a repartir los caballos. Como era el único que tenía experiencia en montar, pedí un “buen caballo, que no fuera un matungo”. El montado que me asignaron fue un maravilloso padrillo tobiano, con mucha vehemencia, pero suave de boca, que hizo del viaje una delicia.

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La fila india de jinetes entre imponentes montañas

Lentamente fuimos ascendiendo en fila india pasando de la planicie a

unas laderas verdes de baja altura, pero a medida que continuábamos el trayecto, fuimos dejando atrás la vegetación que cada vez era más rala. Había un río o arroyo caudaloso que tuvimos que cruzar muchas veces en el trayecto, con cuidado en algunos pasos porque acarreaban piedras que  podían lastimar los caballos, pero sin duda ellos eran mucho más hábiles que nosotros y sabían como cruzar en el agua.

Al atardecer llegamos al campamento, presidido por una bandera argentina, donde había una carpa fija que hacía de cocina y comedor, adonde ya habían llegado las mulas con nuestro equipaje y las pequeñas carpas iglú que armamos con el último resto de nuestras fuerzas. A la noche por supuesto hubo guitarreada, pero el cansancio nos superó y nos fuimos a dormir, con la emoción de lo que veríamos el siguiente día.

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Un buen guiso carrero

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Nuestro campamento

Bien temprano al amanecer nos levantamos, volvimos a tomar los caballos y luego de ensillados emprendimos la subida a la parte más alta del trayecto. Pasamos algunos filos, bastante peligrosos porque eran de piedras sueltas y había barrancas a ambos lados, pero los caballos eran sumamente confiables y a paso lento, parecía como que elegían en que piedra poner cada una de sus cuatro patas, porque no hubo ni un solo resbalón.

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La nieve no era profunda y se atravesaba con facilidad

También atravesamos algunos planchones de nieve, pero no demasiado largos, ni profundos.Antes de medio día llegamos al lugar soñado, el exacto punto donde cayó el avión, la montaña en la que colisionó y la ladera adonde quedaron los restos de la máquina y de los infortunados viajeros, que fue lo más emocionante de la cabalgata y vimos los pocos restos que quedaron, lo que coronamos con la ceremonia de poner una flores silvestres en la cruz que conmemora a los caídos

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Pequeño homenaje

No vale la pena repetir la historia, pero lo que ocurrió es que el 13 de octubre de 1971, un grupo de jugadores de rugby del Old Christians Club que viajaban en un viejo avión Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya que alteró por condiciones climáticas su ruta y volaba bastante más al norte de la ruta trazada, en un sector de montañas más altas y creyendo que ya había superado la cordillera y por haber poca visibilidad, el piloto no vio la montaña y por esa razón se produjo el accidente. El avión no existe más, porque con el tiempo se fue desplazando por la ladera hacia abajo hasta caer en un glaciar, en una de cuyas grietas está enterrado y cubierto por nieve y barro. Lo que hay ahora es una cantidad de objetos del avión y de sus tripulantes y distintas placas que recuerdan a las víctimas.

También es conocida la epopeya de los sobrevivientes, que estuvieron 72 días en ese lugar, en un verano particularmente frío en el que siguió nevando hasta diciembre. Lo que no se sabe habitualmente es que la geografía, con la enorme montaña del Sosneado como fondo hacia el este, induce a confusión y por ello caminaron hacia el lado chileno que parecen montañas pequeñas en altura, pero no es así, por lo que tuvieron que atravesar toda la cordillera, en lugar de lo que hubiera sido mas conveniente, regresar hacia el lado argentino, siguiendo el curso de agua, que muy pronto, en un día o dos hubieran podido llegar hasta el Sosneado o incluso antes encontrar las casas de criadores de ganado, en lugar de los 10 días que debieron soportar cruzando la cordillera por lugares mucho más difíciles.

Nos quedamos en el lugar un tiempo largo, pensando en aquella gente, en lo que siguió al accidente y al recate y como influyó eso en sus vidas posteriores, siendo este pensamiento un aliciente para superar las dificultades a las que todos estamos sometidos, que no son nada con respecto a las que vivieron en aquel episodio. Luego emprendimos la vuelta, a pesar de que era un lugar que a todos nos costaba dejar, como todos aquellos lugares a los cuales uno sabe que no volverá.

Volvimos por el mismo camino hasta llegar al mismo campamento donde pasamos la primera noche y al día siguiente continuamos el descenso por el mismo camino, luego de llegar a la misma planicie en la que habíamos partido y de un frugal almuerzo, regresamos hacia el Sosneado, pasando antes por una pileta de agua termal del que fue el lujoso Hotel Termal del Sosneado, abandonado en 1953.

En resumen, la cabalgata fue cansadora pero no extenuante, claro que el mérito fue de los caballos y de los reseros que nos guiaron y que los amansaron. Como experiencia personal, estar en un lugar así, me generaron una admiración por el esfuerzo y la vocación de supervivencia de los que pudieron regresar.

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Los verdaderos héroes

 

 

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