Tras los pasos finales de Kennedy

Buenos Aires 1963, Washington 1979, Dallas 1990, Minsk 2017

 

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Kennedy en Dallas. Foto: Gentileza de Wikipedia

“Parece que mataron a Kennedy”. La frase retumbó en todo el mundo el 22 de noviembre de 1963. Apenas un rato antes, había salido con mi padre y mis trece años a comprar repuestos para el pequeño Renault Dophine familiar en una cooperativa. Cuando el vendedor compartió el rumor sobre el presidente de Estados Unidos corrí a prender la radio del auto: todavía sin demasiadas precisiones, confirmaban el magnicidio. El acusado de disparar, sabríamos minutos después, era Lee Harvey Oswald, un ex marine estadounidense que fue baleado dos días más tarde y murió. Esa última semana de noviembre del 63 iba a ser mi primer encuentro -de varios- con los últimos pasos de uno de los presidentes más poderosos del momento.

Tras el asesinato, el paso por el cementerio de Arlington, en Washington, se volvió parte
del recorrido de miles de visitantes. Allí llegué en 1979. Lo que rodea a la muerte refleja
mucho de cada cultura. En cementerios tradicionales, uno puede interpretar la época,
cómo fue la vida del que yace allí, la edad que tuvo al morir. Alrededor de estas lápidas
nada es así. El común denominador es que la mayor parte murió joven, en guerra, lejos
de su familia. La distribución en las colinas de miles de cruces blancas, geométricas sobre las curvas del terreno, genera una tristeza distinta a la de otros cementerios. Aquí está, además, la tumba de John Fitzgerald Kennedy.

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Tumba de Kennedy en Arlington. Foto: Gentileza de Wikipedia

Cincuenta y siete años pasaron de aquel atentado y estoy en la ciudad de Minsk,
Bielorrusia, frente la casa donde vivió algunos años de su juventud el asesino de
Kennedy. Llegar no fue tan simple: el frío combinado con seis horas de caminata y las 32 letras del alfabeto bielorruso, (basado en el cirílico) transformaron el recorrido en un desafío. “Belarus”, tal su nombre original, formó parte de la ex Unión Soviética y hoy es considerada la “última dictadura de Europa”. Es, también, el último país del continente que me faltaba conocer.

El camino hacia el complejo donde vivió Oswald es una buena representación del lugar:
los edificios monumentales de la época soviética enmarcan grandes avenidas. Minsk está
deada por el río Svisloch y jardines muy cuidados. Todo acá parece ordenado, limpio;
no existen los grafitis, tampoco hay papeles en el piso; el espacio es abierto, no hay nada
amontonado. La disciplina se refleja también en la forma de moverse: me sorprende el
respeto por los peatones y al mismo tiempo me gusta porque caminar las ciudades es una de las mejores formas de vivirlas.

Oswald estuvo en Minsk desde 1959 hasta 1962, cuando las construcciones soviéticas
dominaban las calles. Hoy coexisten tres modelos arquitectónicos: el presoviético del siglo XIX y primera década del XX, los edificios de tiempos comunistas con su magnificencia y obras escultóricas que reseñan la lucha del pueblo, los campesinos y el ejército; y, sobre uno de ellos, se levanta un actual Kentucky Fried Chicken, que señala cómo los espacios viran hacia modernos shoppings. Acá también conviven pasado y actualidad en parte del Estado: Bielorrusia es el único ex integrante de la Unión Soviética que mantiene el nombre de la histórica agencia de inteligencia rusa. La KGB sigue llamándose KGB.

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El edificio donde vivía Oswald en Minsk

IMG_20171116_162917 Minsk

El lujoso vecindario de Oswald

Me detengo frente al edificio donde vivió Oswald y pienso en su vida. De adolescente se había enrolado en los Marines y luego se retiró o desertó, no está muy claro, hasta que
decidió emigrar hacia donde estoy parado ahora. Cada día, este joven veinteañero llegaba a la lujosa construcción sobre Kamunistycnaja 4. Aquí, cuentan, consiguió trabajo en una fábrica de radios: dedicaba su jornada a hacer el montaje de los equipos. También se casó con una rusa que estudiaba inglés, con quien tuvo una hija. Ambas, dicen, viven actualmente en Dallas, Texas; donde su esposo y padre apretó el gatillo en dirección al presidente. Allí continua mi cruce con los últimos pasos de Kennedy.

El disparo que mató al presidente salió desde el entonces desconocido “Sixth Floor”
(Sexto Piso), donde había un depósito de libros escolares. El movimiento en línea recta
del auto presidencial, que avanzaba alejándose del tirador, simplificó el objetivo. Hoy el
espacio es un museo que permite mirar desde el mismo lugar que Oswald cuando estaba
a punto de cambiar la historia política estadounidense. Además de reconstruir la escena,
allí se exponen también las teorías conspirativas que hablan de un segundo tirador y otros sucesos oscuros que involucrarían a agentes de la CIA.

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El depósito de libros desde donde Oswald le disparó a Kennedy. Foto: Gentileza de Wikipedia

Las dudas no quedaron sólo planteadas en el museo, sino también en la historia. ¿Podría
ser fácil para un ciudadano americano de 20 años emigrar a la ex URRS en los años de la
guerra fría, conseguir trabajo en una fábrica y con ese salario vivir en un departamento
lujoso para el estándar soviético de aquellos años? Según registros de transcripciones
que su esposa difundió, Oswald abandonó Minsk porque se cansó de ser espiado por la
KGB, que se metía con sus micrófonos y aparatos electrónicos “hasta en el dormitorio”.

¿Para quién trabajaba Lee Harvey Oswald? ¿Para la CIA, para la KGB, para un programa conjunto entre ambas agencias? Aunque los documentos continúan desclasificándose, el misterio seguirá repartido por rincones de Minsk, Dallas y Washington.

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