Luang Prabang, donde las calles son de los monjes

Laos, 2007

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En casa el arroz se prepara así: se echa un poquito de aceite en la cacerola, al fuego, y se esparcen los granos con ajo o cebolla, para sellarlos. Recién después se pone el agua, que le da un gustito particular. La receta es igual a la que alguna vez, allá por 2007, probé en Laos. Aunque el viaje inicial no incluía la visita a este país -uno de los 49 que forman el tan lejano Sudeste Asiático-, el espíritu inquieto que se potencia alrededor del mundo hizo que terminara en un hotel colonial sobre el río Mekong, uno de los límites del norte con Birmania.

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Fue por recomendación de un amigo, en esa época no era tan cotidiano Google para armar viajes. En lugar de ir a la capital, Vientiane, llegamos a Luang Prabang, en las afueras de la ciudad.

Los esquimales pueden diferenciar hasta 30 tonos distintos de blanco: quienes viven en Laos podrían hacer lo mismo con los verdes de su vegetación. Los árboles, arbustos y plantas alrededor del Mekong daban la bienvenida a la aventura en un lugar que, para muchos, resulta un escenario mítico.

En la habitación había una canasta con frutas. Sobresalía a simple vista una de intenso color rojo, casi fucsia, del tamaño de un pomelo grande: pitaya rosa o “Fruta del Dragón”. Oficialmente, es “un cactus suculento, rústico, de tallos largos triangulares, repleto de semillas y de gusto azucarado”. Su nombre se debe a la forma que la recubre, que tiene el aspecto de las escamas del animal legendario. Era la primera vez que lo probaba y tenía un gusto particular, pero muy rico para nosotros.

 

Laos sería un viaje de otras primeras veces. Entre ellas, la de pasear en elefante. Desde lejos se divisaba al animal, paquidermo, con su piel rugosa acercándose. Arriba, un joven laosiano de sombrero de paja y vestimenta oscura, saludaba.

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Él guiaría al elefante durante el recorrido. Para subir al lomo, hay que ascender unos pocos escalones y sentarse en la caja de madera que suelen tener unida al cuerpo. Este elefante era rebelde. Estaba más interesado en comer las ramas de los árboles que en llevarnos a través del bosque. Eso irritaba mucho al conductor, que lo castigaba, por lo que temimos que en cualquier momento el animal se enfureciese y pudiera resultar peligroso. En África habíamos visto elefantes enojados y era algo verdaderamente terrible. Afortunadamente, la aventura arriba del mamífero terrestre más grande del mundo terminó bien y disfrutamos de esos bosques y aldeas alejadas.

Algunos de los momentos más felices de la vida son los que nos encuentran abiertos a lo inesperado y, justamente, a la parte más inolvidable del viaje llegamos por casualidad. Uno de los últimos días en Laos, el despertador sonó a las 5.30 de la mañana. La noche anterior, otros turistas habían compartido la propuesta: se podía ir a ver “la ceremonia de entrega de limosnas a los monjes” o Tak Bat.

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Sin saber muy bien qué tan interesante sería, nos sumamos a la salida. Subimos a una combi, donde éramos unas 15 ó 20 personas, que nos llevó al centro de la ciudad. Allí varios vendedores ambulantes ofrecían alimentos, especialmente arroz. A ese arroz lo llaman “sticky”, que traducido del inglés quiere decir “pegajoso”. Está preparado para dárselo a los monjes de tal forma que no se desgrane y pueda comerse con la mano, en bocados.

En Laos y demás países del Sudeste Asiático, los monjes budistas viven en templos, donde se dedican a estudiar distintas disciplinas. La formación puede comenzar a partir de los 11 años, cuando son “novicios”. Al cumplir 20 ya pasan a ser “monjes”. Para vivir en un monasterio hay que cumplir una serie de requisitos: no tener enfermedades contagiosas, contar con el apoyo de los padres y no registrar deudas son algunos de los puntos más importantes.

 

Luang Prabang es una de las ciudades donde la ceremonia de entrega de limosnas es más concurrida. Empieza a las 6 de la mañana y dura entre 15 minutos y media hora. En ese momento, los monjes de diferentes templos se acercan, en fila, a los puestos de turistas que los esperan, sentados o arrodillados en el piso, para ofrecerles comida o dinero. Sin importar si hace frío o calor, la vestimenta es siempre la misma: una suerte de túnica naranja vivo, las plantas de los pies tocando el suelo sin calzado y una cacerola, donde reciben la comida, el dinero y cualquier otra cosa que les entreguen. La mirada occidental cuestionaría la higiene de esos alimentos. Es un espectáculo increíble. El primero es el monje de rango más alto y abre la fila, interminable. A quienes se acercan a ver la ceremonia, se les pide respeto: el mayor silencio posible, además de sólo sumarse a la entrega de alimentos “si se vive como algo significativo”.

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La recomendación es no comprar arroz en la calle para entregar a los monjes, sino prepararlo uno mismo. ¿Por qué? Cuentan que muchos se intoxicaron por comida comprada por turistas, sin mala intención, pero porque que estaba en mal estado. Hay algo que recuerdo bien: llamaba mucho la atención una señora, que supusimos local, muy bien vestida. Estaba sentada en el piso con una ayudante, tenía una enorme cacerola con arroz y al lado fajos de billetes de baja denominación, todos nuevos. A cada monje le daba un puñado de arroz y un billete. Es que las ofrendas no son sólo cuestión de caridad: también regocijan a quienes las hacen.

Antes y después del ritual de los monjes, Laos siguió sorprendiendo. El transporte dentro de las ciudades del Sudeste Asiático es el clásico “tuk tuk”, una especie de moto unida a un carrito generalmente muy colorido y personalizado con símbolos y firuletes locales. Desde arriba de un tuk tuk que luego combinó con una canoa, el camino llevó a las cuevas de Pak Ou, un lugar sagrado donde los fieles dejan estatuas de Buda. Las hay por todos lados: una al lado de la otra, a la izquierda, a la derecha, en altares, incluso encimadas. La mayoría, de un dorado intenso, y otras están oscurecidas por el tiempo, ya que el rito se repite desde hace más de 300 años. El lugar es un punto de peregrinación para los budistas. Antes, el paisaje seguía ofreciendo diversidad de verdes desde unas plantaciones de teka.

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Arte en las paredes y puertas del Palacio Real.

El Palacio Real es otro de los puntos inevitables para quien visita el lugar por primera vez. Fue construido en 1904, para el rey Sisavang Vong, en un lugar clave para poder desembarcar e iniciar travesías por el río. El rey vivió allí hasta el fin de la monarquía, en manos del comunismo, en 1975. En Luang Prabang, muchas de las construcciones históricas terminan las puntas de sus techos con un dragón. Hay quienes dicen que es para ahuyentar a los malos espíritus de las casas.

Antes de seguir viaje, el cansancio de una caminata fue la excusa para una sesión de masajes en una casita de madera, sencilla, a pocos metros del río Mekong. En el Sudeste uno se vuelve un poco sommelier de relajación: estos masajes fueron muy suaves, no eran de los que generan dolor. En Camboya, un tiempo después, íbamos a experimentar de los otros. Queda para el próximo capítulo.

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